La semana del Cuarto Informe Presidencial vino a
demostrar el deterioro de la vida política nacional.
Es cierto, el Presidente Fox, con su retorcido
sentido de la oportunidad, su tendencia a ser rijoso y sus arranques
temperamentales, ha contribuido a ese deterioro.
Lo ocurrido en la ceremonia del Informe Presidencial
no fue sino la culminación de la ya larga cadena de desencuentros.
Desencuentros entre el Presidente y los partidos de
oposición. Desencuentros del Presidente con su propio partido. Y la desencadenada
ambición entre las élites políticas.
Si a eso se le suma la frustración entre las élites,
se explica el estado de desánimo actual.
El desánimo aumenta por el creciente desempleo, por
la persistente inseguridad, pero sobre todo, por la percepción de que el pasado
uno de septiembre el Presidente Fox y su gobierno dejaron ir la gran
oportunidad de marcarle un rumbo a la Nación.
Fue excesivo el esfuerzo presidencial por convencer a
las élites políticas, sociales y empresariales que su gobierno no ha estado
inmóvil, qué sí ha hecho una buena labor.
El problema sexenal ha sido la dispersión del
esfuerzo, por el estilo disperso de gobernar del Presidente.
Todavía está a tiempo el Presidente Fox de darle un
rumbo, cuando menos una meta, a su gobierno, antes de que lo alcance el tiempo.
Y, sobre todo, antes de que el desencanto de las
élites provoque problemas mayores.
Como se dijo líneas arriba, el Presidente Fox, en
lugar de exigir acuerdos concretos, volvió a los vagos llamados a consolidar la
democracia, como si la democracia fuera un objetivo que compartieran todos los
miembros de las élites mexicanas.
Mas también ha existido una enorme dosis de
irresponsabilidad entre los grupos políticos, empresariales y sociales, quienes
le exigen al gobierno del Presidente Fox más de lo que puede dar.
Todos quieren una rebanada de un pastel que cada año
se hace más pequeño.
Atrapado en el fundamentalismo neoliberal que heredó
del gobierno de Zedillo, Fox ha sido incapaz de encontrar una fórmula que
permita mantener la salud de las finanzas públicas sin sacrificas las
responsabilidades básicas del Estado.
Y tiene como resultado que ni tiene un Estado
achicado, por la imposibilidad de las élites de llenar los vacíos que deja el
Estado. Pero tampoco tiene un Estado fuerte, porque hasta ahora el Presidente y
su partido no se han asumido como los detentadores del Poder federal.
Se comportan como predicadores, como ideólogos
fundamentalistas y sólo han caído en las redes tendidas por un sector de las
élites económicas, cuyos intereses no necesariamente coinciden con el Estado
Fuerte.
Y lo peor, no coinciden muchas veces ni siquiera con
los intereses nacionales.