Desde el pasado abril se advirtió en este espacio sobre el riesgo
que para la estabilidad política empezaba a representar la casi permanente
confrontación entre el Presidente Fox y el jefe de gobierno del DF López
Obrador.
Desde entonces se comentó que ni el Presidente ni López Obrador se
habían preparado con un plan B, un plan mediante el cual pudieran salir del
escenario de confrontación.
Ambos han quedado atrapados en su propio discurso. Ahora todo lo que
declaran -y lo que hacen-, responde a la inercia del proceso de desafuero que
está en marcha.
Quizá porque la naturaleza de ambos es rijosa, provocadora. Tanto el
Presidente Fox como López Obrador han optado por la intransigencia, sin dejar
ningún resquicio para la negociación.
Es posible que tenga más que perder el Presidente es esta
confrontación.
Primero, porque al pelear directamente el licenciado Fox le da a
López Obrador la dimensión necesaria para que se ocupe de él personalmente el
Presidente de la República.
Segundo, porque sin estar
seguro de que el fallo del proceso de desafuero sea contra López Obrador, ha
echado todo el poder de la Presidencia en ese lance. Y la percepción ciudadana
es que en verdad todo se organizó desde Los Pinos para perjudicar al jefe de
gobierno del DF.
En el eventual caso de un desafuero, López Obrador tendría los
argumentos políticos para llamarse víctima de una persecución, como lo empieza
a decir desde ahora.
Si no hay desafuero, entonces podrán presumir el PRD y sus
simpatizantes que López Obrador es tan fuerte, que ni la Presidencia pudo
doblegarlo.
Y en ambos casos lo habrán fortalecido.
Desde la perspectiva de la sucesión presidencial, como se ha
consignado varias veces en este espacio, sólo el tiempo nos dirá cuánto se
desgastó la figura de López Obrador en las sucesivas confrontaciones que ha
sostenido durante 2004.
También el tiempo nos permitirá averiguar si el mensaje de
confrontación de clases, de violencia amenazante, de chantaje, que han empleado
los simpatizantes de López Obrador durante las recientes semanas no provoca un
rechazo de los votantes.
Porque al final de cuentas todos estos sudores y sofocones tienen
como objetivo ganarse el favor de los casi 50 millones de mexicanos que estarán
en posibilidades de acudir a las urnas en 2006.
Y, a veces, las reacciones de los votantes suelen sorprender hasta a
los más inteligentes estudiosos de las encuestas.