La semana que termina ha sido marcada por la solución insuficiente
que significaron las reformas a la ley del Instituto Mexicano del Seguro
Social.
Y, claro, por la torpeza del gabinete del Presidente Fox. Primero,
el propio Presidente vituperó a los legisladores que votaron en contra de
dichas reformas, a pesar de que necesitará sus votos para muchas otras
iniciativas de ley pendiente.
Segundo, cuando los más altos funcionarios de su gobierno anunciaron
que también se harán reformas a los sistemas de pensiones de PEMEX, de la CFE y
de las universidades.
Esa maniobra los ha colocado en posición de vulnerabilidad frente a
López Obrador, a quien se pretende desaforar.
Y, tristemente, contribuye a fortalecer la tendencia a polarizar a
la sociedad mexicana, a dividirla entre buenos y malos, entre “nosotros” y “los
otros”.
Es evidente que se avecina
una posible turbulencia económica, a consecuencia de la inmoderada alza de los
precios del petróleo, que si bien aumentan los ingresos del gobierno federal,
ya empiezan a golpear a las economías de las empresas, pues el petróleo es
insumo de muchos productos que importamos.
Por otra parte, la decisión
del PRD de enfocar la defensa del jefe de gobierno del DF desde la perspectiva
de que lo atacan “porque defiende a los pobres”, también contribuye a esa
polarización.
La polarización de la sociedad empieza a generar expresiones de
intolerancia, lo cual degrada a la democracia.
Y, más peligroso aún,
empiezan a justificarse conductas violatorias de la ley, con el mismo argumento
de “nosotros los pobres, ustedes los ricos”.
Desafortunadamente, en muchos medios se maneja la información desde
esa misma perspectiva, con lo que se acentúa la polarización.
El riesgo es que la
intolerancia, de la cual se perciben expresiones en el Ejecutivo Federal, en el
gobierno foxista, en los partidos, en las organizaciones civiles, expresiones
magnificadas en los medios de comunicación, lleve a la República a revivir
épocas que, con todos los defectos del antiguo régimen, se habían superado.
Es un problema social, un problema político, pero también un
problema cultural.
Y, como se dijo en anteriores entregas, se corre el riesgo de
revivir los enfrentamientos, las manifestaciones populares de descontento y la
descomposición social de la República que en otras épocas tanto costaron a los
mexicanos.