Hay una peligrosa corriente de opinión que se extiende
como sucia mancha en algunos sectores políticos.
Con su habitual e irresponsable perversidad, la
resumió el coordinador de los diputados perredistas, Pablo Gómez Álvarez:
¿Qué hacemos con el Presidente?
La respuesta tendría que escucharse por toda la
República: nada, sólo presionarlo para que cumpla mejor con su tarea.
Es cierto, como dice el Presidente Fox que no existe
ruptura en el gabinete, lo que existe es una asombrosa descoordinación. Las
disputas entre los secretarios de despacho siempre han existido. Y las críticas
son porque la descoordinación se atribuye al estilo personal de gobernar del
Presidente.
También es cierto que ha cundido un cierto desencanto,
una frustración de sectores políticos y económicos, preocupados por la
percepción de que el gobierno parece a veces no tener rumbo.
Claro que se ha mantenido la disciplina en las
finanzas públicas, porque la ha impuesto Francisco Gil Díaz.
Se ha mantenido la estabilidad de la economía, porque
Guillermo Ortiz Martínez ha cumplido con su tarea de mantener bajo control a la
inflación.
Pero la economía mexicana, a pesar del repunte de la
economía de Estados Unidos, no marcha como debiera.
Es inaceptable que se haya creado como válvula de
escape, que hasta se festine, la prosperidad de la economía informal.
Y no se crean los empleos formales que exige la
sociedad.
El problema es político, porque una torpe concepción
de la democracia tiene como resultado que en Los Pinos se considera normal el
desorden político y las confrontaciones casi cotidianas que han llevado a la
falta de acuerdos fundamentales.
Es preocupante, por supuesto, que el Presidente Fox
haya dicho que no piensa cambiar de rumbo, que no tiene pensado ningún golpe de
timón.
El panista Juan de Dios Castro festejó que el
Presidente de la República ya no sea el fiel de la balanza.
Y lo que le hace falta a la sociedad es precisamente
un árbitro. No el fiel de la balanza al estilo definido por José López
Portillo, que le otorgaba al Presidente de la República el privilegio de
escoger a su sucesor.
Hace falta el fiel de la balanza que concilie y
reconcilie a la sociedad. El árbitro imparcial que medie en los conflictos
entre las fuerzas políticas y económicas.
A pesar de todo, es una irresponsabilidad siquiera
insinuar que se podría hacer con el Presidente Fox algo más que exigirle
eficacia y que criticarlo implacablemente para que ponga orden en su gobierno.
Sin duda que Pablo Gómez tenía en mente lo que algunos
comentan en tono bajo: un eventual relevo presidencial.
Por ese camino se iría al desastre político.
Por ese camino el país entraría en un callejón sin
salida.
Y cuando los pueblos se meten en callejones sin
salida, sólo pueden salir si pagan un alto costo en sangre.
Y es criminal exigirle a este pueblo que, además de la
miseria y la marginación, todavía derrame su sangre en aras de mezquinos
intereses de grupos políticos y económicos.