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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 1

5 de julio de 2004

Número 18

 

EL CAMBIO: CUATRO AÑOS DE ENSAYOS

 

Al celebrarse el cuarto aniversario de la ascensión a la Presidencia de la República del licenciado Vicente Fox, es difícil no detenerse un momento a evaluar su gestión.

Es cierto, ha habido cambios. El México de 2004, para bien o para mal, ya no se parece al México de 2000.

Quizá el problema es que se ha intentado desmantelar el entramado institucional construido a lo largo de 70 años, pero la tarea se ha quedado a medias.

Se han fortalecido algunas instituciones -los Poderes Judicial y Legislativo-, pero se han desgastado otras.

Algunos califican los cuatro primeros años de gobierno del presidente Fox como “los años perdidos”. Quizá es una apreciación exagerada, pero lo cierto es que el gobierno ha sido conducido con torpeza, sin que parezca tener objetivos claros, como no sea vivir el día a día.

El propio Presidente Fox definió el estilo de su gobierno en un discurso del pasado 2 de julio: “...hemos gobernado con ensayos y errores”.

El sistema de prueba-error es quizá acertado en ciertas áreas de la actividad humana, pero cuando se gobierna no se puede estar experimentando, porque cada decisión que se toma afecta la vida de 100 millones de mexicanos.

Uno de los aciertos del Presidente Fox ha sido la concentración en el Programa Oportunidades de todos los programas creados para aliviar la pobreza, por más que se haya hecho para buscar capitalizar políticamente los programas sociales.

En materia legislativa el Ejecutivo ha cometido el grave error de no estar dispuesto a negociar sus iniciativas. Al convertir su quehacer legislativo en parte de una estrategia para fortalecer su imagen personal, el Presidente Fox ha creado los obstáculos que impiden que sus iniciativas más importantes no hayan sido aprobadas.

Cierto, el prestigio del Poder Legislativo se ha deteriorado. Ha tenido éxito la táctica de presentar al Legislativo como el opositor de todas las medidas que propone el Ejecutivo, pero en contraparte no ha podido hacer avanzar las iniciativas centrales del sexenio.

Poco ha ayudado a vencer las resistencias en el Congreso la práctica de satisfacer rencores acumulados por quienes durante más de medio siglo estuvieron en la oposición y que cultivan con actitud masoquista todos los agravios recibidos, los reales y los imaginarios.

En el lado positivo de su gestión, el Presidente Fox ha tenido la humildad de reconocer que no entiende bien a bien el manejo de los asuntos de la economía y las finanzas. Eso, sin embargo, le ha impedido revisar posibles vías que permitan a la economía mexicana zafarse de la atadura que significa depender exclusivamente de las exportaciones a Estados Unidos.

Otra vez, igual que ocurre desde hace ya doce años, la política industrial del Estado ha seguido la máxima de Herminio Blanco: la mejor política industrial es la que no existe.

Acorralado por la dependencia, el gobierno foxista ha tenido que presenciar impotente el creciente desmantelamiento de la planta productiva nacional. Cada vez más sectores de la economía nacional pasan al control extranjero.

En materia política ha sido incapaz de conciliar, rol fundamental de la Presidencia de la República. Ha permitido que los rencorosos actúen contra los adversarios del régimen, los reales y los imaginarios.

Así, han llevado al límite la confrontación con Andrés Manuel López Obrador. Cierto, se aprovecharon las torpezas del jefe de gobierno del DF, pero no se ha intentado una conciliación política. Y López Obrador está dispuesto a la movilización social y a la resistencia civil, lo que rompería el orden institucional, por la importancia que tiene la jefatura de gobierno de la Capital de la República.

Igualmente torpe ha sido el régimen foxista en sus relaciones con el PRI.

Lo último es la intención de enjuiciar al ex presidente Echeverría por los acontecimientos del 68, del 71 y por la guerra sucia.

Tampoco han sido fáciles las relaciones del Presidente Fox con el PAN, pues ha cometido el error de alentar las ambiciones políticas de su esposa, con lo que se ha enajenado la buena voluntad de una buena parte del panismo.

Quizá lo más negativo es su incapacidad para negociar. Aunque en el gobierno debe prevalecer la ética, no puede ignorarse la realidad que obliga a actuar con pragmatismo, para mantener la paz social y la tranquilidad de la República.

La República no puede gobernarse con fundamentalismos, de ningún signo.

En algún libro de Morris West, un protagonista justifica su actuación no siempre apegada a la ética con una frase lapidaria:

“...Sin duda que se han hecho muchos acuerdos oscuros, sucios, si se quiere, pero sin esos acuerdos oscuros, correría la sangre en las calles...”

Esos acuerdos son los que no ha querido hacer el gobierno de Fox.

Se puede pensar lo que se quiera sobre la renuncia del secretario particular del Presidente, algo que más que renuncia fue una convocatoria que hace Alfonso Durazo a la reflexión sobre el rumbo de los asuntos de la Nación.

La renuncia por sí misma explica la descomposición política del régimen y, sobre todo, la frivolidad con que Vicente Fox ha ejercido el poder. Esa frivolidad, como lo asienta Durazo, puede llevar a México a unas elecciones presidenciales muy desordenadas, lo cual confirmaría lo consignado en este espacio cibernético: si las cosas siguen como va, las elecciones de 2006 serán desordenadas y nada pacíficas.

Durazo lo define mejor: si la sucesión no se resuelve en las urnas, se resuelve en las calles.

Uno diría que la sucesión tiene que resolverse antes de que llegue el momento de votar, para evitar confrontaciones que darían al traste con todo.

 

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