Al celebrarse el cuarto aniversario de la ascensión a
la Presidencia de la República del licenciado Vicente Fox, es difícil no
detenerse un momento a evaluar su gestión.
Es cierto, ha habido cambios. El México de 2004, para
bien o para mal, ya no se parece al México de 2000.
Quizá el problema es que se ha intentado desmantelar
el entramado institucional construido a lo largo de 70 años, pero la tarea se
ha quedado a medias.
Se han fortalecido algunas instituciones -los Poderes
Judicial y Legislativo-, pero se han desgastado otras.
Algunos califican los cuatro primeros años de gobierno
del presidente Fox como “los años perdidos”. Quizá es una apreciación
exagerada, pero lo cierto es que el gobierno ha sido conducido con torpeza, sin
que parezca tener objetivos claros, como no sea vivir el día a día.
El propio Presidente Fox definió el estilo de su
gobierno en un discurso del pasado 2 de julio: “...hemos gobernado con ensayos
y errores”.
El sistema de prueba-error es quizá acertado en
ciertas áreas de la actividad humana, pero cuando se gobierna no se puede estar
experimentando, porque cada decisión que se toma afecta la vida de 100 millones
de mexicanos.
Uno de los aciertos del Presidente Fox ha sido la
concentración en el Programa Oportunidades de todos los programas creados para
aliviar la pobreza, por más que se haya hecho para buscar capitalizar
políticamente los programas sociales.
En materia legislativa el Ejecutivo ha cometido el
grave error de no estar dispuesto a negociar sus iniciativas. Al convertir su
quehacer legislativo en parte de una estrategia para fortalecer su imagen
personal, el Presidente Fox ha creado los obstáculos que impiden que sus
iniciativas más importantes no hayan sido aprobadas.
Cierto, el prestigio del Poder Legislativo se ha deteriorado.
Ha tenido éxito la táctica de presentar al Legislativo como el opositor de
todas las medidas que propone el Ejecutivo, pero en contraparte no ha podido
hacer avanzar las iniciativas centrales del sexenio.
Poco ha ayudado a vencer las resistencias en el
Congreso la práctica de satisfacer rencores acumulados por quienes durante más
de medio siglo estuvieron en la oposición y que cultivan con actitud masoquista
todos los agravios recibidos, los reales y los imaginarios.
En el lado positivo de su gestión, el Presidente Fox
ha tenido la humildad de reconocer que no entiende bien a bien el manejo de los
asuntos de la economía y las finanzas. Eso, sin embargo, le ha impedido revisar
posibles vías que permitan a la economía mexicana zafarse de la atadura que
significa depender exclusivamente de las exportaciones a Estados Unidos.
Otra vez, igual que ocurre desde hace ya doce años, la
política industrial del Estado ha seguido la máxima de Herminio Blanco: la
mejor política industrial es la que no existe.
Acorralado por la dependencia, el gobierno foxista ha
tenido que presenciar impotente el creciente desmantelamiento de la planta
productiva nacional. Cada vez más sectores de la economía nacional pasan al
control extranjero.
En materia política ha sido incapaz de conciliar, rol
fundamental de la Presidencia de la República. Ha permitido que los rencorosos
actúen contra los adversarios del régimen, los reales y los imaginarios.
Así, han llevado al límite la confrontación con Andrés
Manuel López Obrador. Cierto, se aprovecharon las torpezas del jefe de gobierno
del DF, pero no se ha intentado una conciliación política. Y López Obrador está
dispuesto a la movilización social y a la resistencia civil, lo que rompería el
orden institucional, por la importancia que tiene la jefatura de gobierno de la
Capital de la República.
Igualmente torpe ha sido el régimen foxista en sus
relaciones con el PRI.
Lo último es la intención de enjuiciar al ex
presidente Echeverría por los acontecimientos del 68, del 71 y por la guerra
sucia.
Tampoco han sido fáciles las relaciones del Presidente
Fox con el PAN, pues ha cometido el error de alentar las ambiciones políticas
de su esposa, con lo que se ha enajenado la buena voluntad de una buena parte
del panismo.
Quizá lo más negativo es su incapacidad para negociar.
Aunque en el gobierno debe prevalecer la ética, no puede ignorarse la realidad
que obliga a actuar con pragmatismo, para mantener la paz social y la
tranquilidad de la República.
La República no puede gobernarse con fundamentalismos,
de ningún signo.
En algún libro de Morris West, un protagonista
justifica su actuación no siempre apegada a la ética con una frase lapidaria:
“...Sin duda que se han hecho muchos acuerdos oscuros,
sucios, si se quiere, pero sin esos acuerdos oscuros, correría la sangre en las
calles...”
Esos acuerdos son los que no ha querido hacer el
gobierno de Fox.
Se puede pensar lo que se quiera sobre la renuncia del
secretario particular del Presidente, algo que más que renuncia fue una
convocatoria que hace Alfonso Durazo a la reflexión sobre el rumbo de los
asuntos de la Nación.
La renuncia por sí misma explica la descomposición
política del régimen y, sobre todo, la frivolidad con que Vicente Fox ha
ejercido el poder. Esa frivolidad, como lo asienta Durazo, puede llevar a
México a unas elecciones presidenciales muy desordenadas, lo cual confirmaría
lo consignado en este espacio cibernético: si las cosas siguen como va, las
elecciones de 2006 serán desordenadas y nada pacíficas.
Durazo lo define mejor: si la sucesión no se resuelve
en las urnas, se resuelve en las calles.
Uno diría que la sucesión tiene que resolverse antes
de que llegue el momento de votar, para evitar confrontaciones que darían al
traste con todo.