Quizá vale comentar al inicio de esta crónica la
revisión de la guerra declarada entre el gobierno del Presidente Fox y Andrés
Manuel López Obrador.
A pesar de los discursos, es inocultable la intención
del gobierno foxista de sacar de la competencia a Andrés Manuel López Obrador.
Igualmente inocultable es la decisión de López Obrador
para resistir, para lo cual ha tenido que hacerse del control del PRD, hasta
donde es posible tener un control sobre un partido formado por tantas tribus.
Es innegable que López Obrador ha cometido errores que
le han hecho vulnerable, errores que no han sido pasados por alto por sus
adversarios.
En reciente comida con hombres de negocios, el
Secretario de Gobernación Santiago Creel les hizo saber que “sacarían de la
competencia a López Obrador”.
Ya nadie tiene la menor duda.
La tesis del complot funciona propagandísticamente a
favor de López Obrador, pero salir avante de la ofensiva a que está sujeto,
implica una estrategia más calculada, más fría, menos apasionada que la actual.
López Obrador sabe que si quiere llegar a la
candidatura y ganar la Presidencia, tiene que atraer el voto útil. No bastarán
los votos del PRD y corrientes ideológicas afines, necesita muchos votos más.
Sólo los puede encontrar en sectores que, hasta hace
poco, tenían una cierta simpatía por el jefe de gobierno del DF.
No puede perder a esos sectores. Y los perdería si su
estrategia no es conducida con más cautela. Está en una posición que le es
familiar: la de perseguido. Su discurso de luchador social acosado por sus
adversarios le puede atraer simpatías.
Pero el problema de ese discurso de luchador social es
que tiene que ser un discurso necesariamente divisivo. Es un discurso que apela
al rencor social y el grandísimo riesgo que corre López Obrador es que pierda
el control de cualquiera manifestación, cualquiera movilización que se haga a
favor de su causa. Este es un peligro permanente, porque muchos de los grupos
del PRD tienden a la violencia y pueden desbordar los mejores cálculos.
Si prevalece el discurso del rencor, de la lucha de
clases, López Obrador podrá sobrevivir al desafuero, pero difícilmente podrá
ganar la Presidencia de la República.
Tiene demasiados enemigos, demasiados oponentes. De
ahí que, de persistir en la actual ruta, podría perderlo todo.
Y quizá se podría convertir en una amenaza para una
transición del poder pacífica y ordenada en 2006, como se advirtió en este
espacio cibernético desde hace varias semanas.
JUNTOS, PERO...
Este fin de semana los panistas consiguieron cuando menos
evitar que sus diferencias sean dirimidas fuera de las instancias del PAN.
Hasta el Presidente Fox aceptó hacerlo. En su discurso
ante el CEN del PAN, el Presidente les aseguró que no meterá la mano en los
procesos internos del partido, aunque ello no significa que no hará nada, pues
aunque les recordó que su voto es sólo el de un consejero más, también les hizo
saber que estará presente en los procesos.
Como sea, los panistas han conseguido una precaria
unidad, una cohesión que permitirá que la lucha no sea en los medios, sino
dentro del partido.
Luis Felipe Bravo Mena ha ganado tiempo, pero es
difícil que termine el año como Presidente del partido, porque las presiones
son exageradas.
Pronto se verán acciones de panistas que enviarán el
mensaje de que ellos están unidos.
Por ahora tienen unidad. Y el único que puede provocar
una alteración del clima político en el PAN es el Presidente Fox, quien en
lugar de factor de unidad se ha convertido en factor de división.
REACOMODO
En este espacio se ha sostenido que hay un reacomodo
de fuerzas, políticas, económicas y sociales, como lo demuestra la existencia
de nuevos actores, cuyo rol no está aún lo suficientemente claro.
Está, por ejemplo, la candidatura de Jorge G.
Castañeda, una candidatura que cuenta con innegable respaldo económico, si no
ya hubiera perdido impulso. Por el contrario, cada día cuenta con más apoyo.
Será hasta el año próximo cuando empiece a verse con más claridad el destino de
esa candidatura dizque independiente.
Está suelto también como factor de poder el Sindicato
magisterial que conduce Elba Esther Gordillo. Astuta, la maestra se niega a
romper con el PRI de Roberto Madrazo, porque al final de cuentas hay más
gobernadores priístas con quienes se puede negociar.
El SNTE tiene ahora más poder que nunca, pues pese a
la descentralización, ha conseguido que las negociaciones del sindicato sean
únicamente con la SEP. Toda negociación será aquí, en la capital de la
República. Y el gobierno sólo podrá negociar con el SNTE.
Esa centralización de poder sindical será un factor
que pesará mucho en la contienda de la sucesión, porque pese a su “fe priísta”,
la profesora cuenta con el suficiente margen de maniobra como para apoyar a
quien prefiera.
Otros factores aún no claramente definidos, son los empresarios,
pues no han conseguido unificar criterios en torno a ninguno de los aspirantes
a la Presidencia.
Y, por supuesto, el creciente activismo soterrado de
los ex presidentes, particularmente de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo,
quienes parecen dispuestos a llevar al campo de la sucesión sus antiguas
diferencias.
Lo anterior, al final de cuentas, implica un reacomodo
de fuerzas que al final de día influirá en la sucesión presidencial.
Sobre todo, de cómo ocurra ese reacomodo dependerá que
la sucesión sea ordenada y pacífica.