La confrontación entre el Ejecutivo y Andrés Manuel
López Obrador empieza a salirse de cauce.
Es posible que el PRI, una vez que el dictamen del
desafuero del jefe de gobierno esté a votación en el pleno de la Cámara de
Diputados, decida por simples matemáticas electorales que no le conviene que
López Obrador quede fuera de la contienda.
Pero mientras dure la confrontación, la reacción
perredista parecer ser exagerada.
Es cierto que nadie espera que López Obrador sea
abandonado por su partido y que el perredismo está obligado a respaldarlo
porque la reestructuración del PRD, el discurso de muchos dirigentes y los
mismos acontecimientos, han creado una inercia que parece conducir todas las
acciones de ese partido.
La izquierda mexicana, con todas sus variantes, desde
la democrática hasta la socialista marxista, ha recorrido un largo camino desde
la clandestinidad de la cual la sacó la reforma de 1977 que impulsara Jesús
Reyes Heroles.
A pesar de que el norteamericano Francis Fukuyama
sentenció la obsolescencia de las ideologías, la realidad ha demostrado que la
desigualdad resultante del Consenso de Washington ha provocado una revisión de
las premisas de las políticas económicas y sociales hasta en los países que son
paradigma de capitalismo.
La corriente neoliberal que prevaleció en el mundo
desde principios de los ochenta parece retroceder, para encontrar un espacio
para la justicia social.
Es en ese espacio donde encaja la izquierda, pues de
alguna manera su tarea en el siglo 21 es convertirse en algo así como la
conciencia de las sociedades, aquellas en las que el crecimiento económico por
sí mismo no es aprovechado por las mayorías.
Mas debiera ser una izquierda democrática, una
izquierda como la que en Chile supo aprovechar las reformas hechas por el
dictador Pinochet. O la izquierda democrática del PSOE en la España que a la
llegada de Felipe González en 1982 logró transformar a la economía. Una
transformación que ha logrado que la mayoría de los españoles gocen de la mayor
prosperidad de su historia.
Nos han dicho que el PRD representa la izquierda,
aunque por ahora parezca una agrupación que reúne a diversas tendencias y
corrientes para buscar el poder.
Es cierto también que para las elecciones
presidenciales de 2006 el PRD tiene por primera vez una oportunidad de ganarlas
con López Obrador como candidato.
Por supuesto que es un grave error del gobierno del
Presidente Fox utilizar el caso de El Encino como instrumento para descalificar
a López Obrador como candidato.
Pero el más grave error en esta confrontación lo están
cometiendo López Obrador y el PRD.
Algunos de los periodistas afines al perredismo han
advertido que la violencia ocurrida en Guadalajara durante la Cumbre de Jefes
de Estado es muestra de lo que puede desatarse si tienen éxito los esfuerzos
por descalificar a López Obrador.
Luego el discurso abusivo de Leonel Godoy, el
presidente nacional del PRD, quien a calificado al régimen como “una derecha
golpista”. Es discutible que el gobierno del presidente Fox sea tan de derecha,
pero aún si lo fuera, el señor Godoy tiene equivocadas coordenadas.
El Presidente Fox y el PAN están en el gobierno porque
así lo quisieron los votantes mexicanos. Les dieron en julio de 2000 casi 15
millones de votos. Y al PRD ni siquiera la mitad.
Luego amenazan con una concentración el próximo 6 de
julio. Seguramente exaltarán a los manifestantes con el discurso de que en 1988
les robaron la elección. Y que no deben permitir que ahora los saquen de las
elecciones antes de que se efectúen.
De acuerdo con las entrevistas que tan profusamente ha
concedido López Obrador, a pesar de su aparente serenidad, su personalidad
rijosa no ha desaparecido.
Los votantes deben decidir en julio de 2006 a quien
quieren como Presidente de México.
Los ciudadanos escogerán al candidato que quieran.
No debe privárseles de la oportunidad de decidir si
quieren a un candidato como López Obrador que dice ser de izquierda.
Pero ni López Obrador ni el PRD deben olvidar que para
ganar una elección presidencial tienen que presentarse como opción viable de
gobierno.
Y poco viables parecerán a muchos ciudadanos si se
encaminan por el camino de la violencia y, sobre todo, con un discurso rancio
que intenta lanzar a la sociedad a una lucha de clases. Menos si condescienden
con los trasnochados de la violencia armada.
México ya vivió su convulsión social, la terrible
convulsión social que fue la Revolución. Según algunos historiadores en esa
convulsión social y armada le costó a los mexicanos casi dos millones de vidas.
O sea, casi una quinta parte de la población murió en aquella contienda que
duró una década.
¿Quiénes son López Obrador y el PRD para pedirle al
pueblo de México que acepte el sacrificio de la violencia o de la confrontación
entre hermanos?