A 19 meses de que se ponga en marcha el proceso
electoral que culminará en las elecciones de julio de 2006, tanto el gobierno
como los partidos políticos parecen estar inmersos en interminables polémicas y
en desgastantes confrontaciones.
Las confrontaciones casi diarias entre los actores
políticos crean dudas acerca de la posibilidad de que el sistema político
electoral sea capaz de procesar -ordenada y pacíficamente- la sucesión de
Vicente Fox Quesada.
El cotidiano intercambio de acusaciones públicas
provoca agravios que nadie, ni el gobierno ni los partidos, dejará de cobrarle
a sus adversarios.
Se agrava la situación con la polarización en la
opinión pública. La polarización por esencia conduce a la intransigencia y a la
intolerancia. Y en la intransigencia y la intolerancia el diálogo político
difícilmente puede ocurrir.
A todo esto hay que sumarle los desgarramientos
internos en los partidos, desgarramientos que serán mayores, conforme se
acerque el proceso electoral.
Todos los partidos, aún el PRD que parece tan
cohesionado en torno a López Obrador, llegarán al proceso electoral muy
desgastados por la lucha interna.
Todo esto provoca, como se dijo antes, interminables
enfrentamientos. No se trata de debates, como le han hecho suponer el
Presidente Fox, porque en esos enfrentamientos no se aborda la discusión de los
problemas del país.
Para el orden del proceso electoral y para su
credibilidad es muy peligroso que se haya politizado el ejercicio de la
justicia, porque se genera incredulidad en los organismos de procuración y
administración de la justicia.
Se suma a lo anterior la innata tendencia al pleito
que hay en Los Pinos.
Parecen no darse cuenta que se degrada a la
Presidencia cuando se le lanza de cabeza a los pleitos mezquinos de los
partidos.
Aunque el argumento lo esgrima como simple táctica,
López Obrador ha puesto el dedo en la llaga cuando dice que hace falta un
árbitro.
Ese árbitro siempre ha sido la Presidencia de la
República. Arbitro, no actor de los conflictos.
Es cierto, la Presidencia ha actuado provocadoramente,
pero igual lo ha hecho especialmente López Obrador, con su actitud de único
poseedor de la verdad.
El conflicto del desafuero contra López Obrador ha
colocado en posición decisoria al PRI, como se advirtió en este espacio
cibernético desde el pasado lunes.
Es posible que al final de cuentas el PRI haga cuentas
electorales y decida no votar a favor del juicio de procedencia.
Si apoyan el desafuero de López Obrador, todo el voto
antipriísta se iría con el PAN y serían mermadas las posibilidades de triunfo
de un candidato priísta.
Si no lo aprueban, tiene el PRI la oportunidad al
menos de que el voto antipriísta se divida entre el PAN y el PRD.
Al final del día, no tiene menores problemas el PRD.
La clave de la popularidad de López Obrador es que su
discurso ha sido hasta ahora moderado, salvo algunos exabruptos en los que
revela cuán poco a cambiado. Con López Obrador el PRD se ha movido de la
izquierda al centro izquierda.
Si se equivocan López Obrador y el PRD y en la
confrontación con el Ejecutivo y se desplazan otra vez a la izquierda, entonces
se multiplicarían los obstáculos para llegar a Los Pinos.
Sin embargo, hay que insistir en que la confrontación
ha deteriorado el clima político y parece augurar un proceso electoral muy
turbulento en 2006.
Faltan 19 meses para que arranque ese proceso
electoral. Son 19 meses en los que todos tendrán que hacer un mínimo esfuerzo
para evitar que la sucesión de Vicente Fox sea desordenada y nada pacífica.
Si así ocurriera, entonces nos habrá alcanzado el
pasado.