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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 1

16 de mayo de 2004

Número 11

 

SIN DIÁLOGO POLÍTICO, EL PAÍS NO TENDRÁ RUMBO

 

En un viejo documental británico sobre la Guerra Civil Española se reprodujo la entrevista con un antiguo oficial del ejército franquista.

Este oficial, ahora ya viejo, revelaba las razones que dieron origen a la sangrienta guerra civil que desangró a España y terminó con una dictadura que duró casi cuatro décadas.

“Para los republicanos, nosotros los franquistas éramos el diablo. Para nosotros, ellos los republicanos eran el diablo”.

Y pronuncia la frase lapidaria:

“...El diálogo político era imposible, por eso estalló la guerra civil”.

Se ha dicho tanto contra la Revolución Mexicana, especialmente contra los regímenes y el sistema político que reprodujo ese movimiento, que a muchos ya se les ha olvidado no sólo su trascendencia, sino también su enorme costo en vida, costo que algunos historiadores calculan en más de 2 millones de muertos.

El diálogo político empieza a ser una urgencia en México, porque los afanes del Presidente Vicente Fox para demostrar que “nada es como antes” han provocado verdaderas insurrecciones políticas, impensables en lo que los cursis llaman “el antiguo régimen”.

Desgarrado entre realizar el proyecto que se supone se preparó durante los meses que transcurrieron después de la elección del 2 de julio de 2000 y el impulso de cobrarle a los antiguos adversarios todos los agravios, reales o imaginarios, el régimen foxista perdió la brújula.

Descubrieron cuán ciertas fueron las palabras del académico norteamericano John Womack “gobernar un país no es gobernar Disneylandia”.

Han descubierto también que muchas de las facultades extraconstitucionales que ejercían los presidentes priístas no eran tan antidemocráticas, y facilitaban el ejercicio de gobernar, a la vez que auspiciaban el diálogo.

Mas también han descubierto que el poder presidencial nunca gobernó solo, ni gobernó sin escuchar, sin argumentar, sin negociar, sin dialogar.

Espacios como el Foro Vallarta pueden facilitar ese diálogo, el diálogo que necesita el país, un diálogo que por momentos se convierte en un diálogo de sordos.

La política es el diálogo, es la confrontación de proyectos, pero para que haya un diálogo hay que estar dispuestos a escuchar las razones de los adversarios.

Y hay que preguntarse si no será posible que tengan razón en algunos de sus argumentos.

Sólo el diálogo entre las fuerzas políticas de la República puede sacar al país en el marasmo en que está sumido, porque quienes llegaron al poder por la alternancia no entendieron lo que significó el 2 de julio de 2000.

Mas si queremos ser justos, hay que reconocer que tampoco el resto de los actores políticos han entendido el verdadero significado del mensaje que los ciudadanos les enviaron el 2 de julio de 2000.

En esa elección, el pueblo de México decidió sacar al PRI de Los Pinos, pero no puede ignorarse que las instituciones del Estado, las instituciones de la República, esas instituciones tan severamente cuestionadas ahora, fueron las que permitieron que la alternancia del poder ocurriera en un ambiente terso, pacífico y ordenado.

Y es precisamente a esas instituciones a las que todos los días intentan debilitar los actores políticos con sus querellas.

Tampoco entendieron la trascendencia de que la transmisión del poder de un partido a otro, por primera vez en nuestra historia ocurrió pacíficamente.

Sin diálogo político, el país no tendrá rumbo. Sin diálogo político, el país corre el riesgo de que la transmisión del poder en 2006 ya no fuese ordenada.

Ojalá y ahora sí escuchen los actores políticos, todos, desde el gobierno federal hasta los partidos de oposición.

La política siempre ha sido definida como el arte de lo posible.

Ojalá y se entienda, para evitar que, como en la en la España de 1936, los distintos actores políticos empiecen a verse cada día con más rencor y a sembrar la discordia, a polarizar la opinión nacional.

Hace 22 años, al asumir la Presidencia de la República, durante una reunión con los gobernadores en los primeros días de diciembre de 1982, el entonces Presidente Miguel de la Madrid, les advirtió a los gobernadores que “el pasto está muy seco, cualquier error, cualquiera represión injustificada, cualquier abuso, puede incendiarlo”.

Esa advertencia hoy, a 22 años de distancia, tristemente tiene validez.

 

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