En un viejo documental británico sobre la Guerra Civil
Española se reprodujo la entrevista con un antiguo oficial del ejército
franquista.
Este oficial, ahora ya viejo, revelaba las razones que
dieron origen a la sangrienta guerra civil que desangró a España y terminó con
una dictadura que duró casi cuatro décadas.
“Para los republicanos, nosotros los franquistas
éramos el diablo. Para nosotros, ellos los republicanos eran el diablo”.
Y pronuncia la frase lapidaria:
“...El diálogo político era imposible, por eso estalló
la guerra civil”.
Se ha dicho tanto contra la Revolución Mexicana,
especialmente contra los regímenes y el sistema político que reprodujo ese
movimiento, que a muchos ya se les ha olvidado no sólo su trascendencia, sino
también su enorme costo en vida, costo que algunos historiadores calculan en
más de 2 millones de muertos.
El diálogo político empieza a ser una urgencia en
México, porque los afanes del Presidente Vicente Fox para demostrar que “nada
es como antes” han provocado verdaderas insurrecciones políticas, impensables
en lo que los cursis llaman “el antiguo régimen”.
Desgarrado entre realizar el proyecto que se supone se
preparó durante los meses que transcurrieron después de la elección del 2 de
julio de 2000 y el impulso de cobrarle a los antiguos adversarios todos los
agravios, reales o imaginarios, el régimen foxista perdió la brújula.
Descubrieron cuán ciertas fueron las palabras del
académico norteamericano John Womack “gobernar un país no es gobernar
Disneylandia”.
Han descubierto también que muchas de las facultades
extraconstitucionales que ejercían los presidentes priístas no eran tan
antidemocráticas, y facilitaban el ejercicio de gobernar, a la vez que
auspiciaban el diálogo.
Mas también han descubierto que el poder presidencial
nunca gobernó solo, ni gobernó sin escuchar, sin argumentar, sin negociar, sin
dialogar.
Espacios como el Foro Vallarta pueden facilitar ese
diálogo, el diálogo que necesita el país, un diálogo que por momentos se
convierte en un diálogo de sordos.
La política es el diálogo, es la confrontación de proyectos,
pero para que haya un diálogo hay que estar dispuestos a escuchar las razones
de los adversarios.
Y hay que preguntarse si no será posible que tengan
razón en algunos de sus argumentos.
Sólo el diálogo entre las fuerzas políticas de la
República puede sacar al país en el marasmo en que está sumido, porque quienes
llegaron al poder por la alternancia no entendieron lo que significó el 2 de
julio de 2000.
Mas si queremos ser justos, hay que reconocer que
tampoco el resto de los actores políticos han entendido el verdadero
significado del mensaje que los ciudadanos les enviaron el 2 de julio de 2000.
En esa elección, el pueblo de México decidió sacar al
PRI de Los Pinos, pero no puede ignorarse que las instituciones del Estado, las
instituciones de la República, esas instituciones tan severamente cuestionadas
ahora, fueron las que permitieron que la alternancia del poder ocurriera en un
ambiente terso, pacífico y ordenado.
Y es precisamente a esas instituciones a las que todos
los días intentan debilitar los actores políticos con sus querellas.
Tampoco entendieron la trascendencia de que la
transmisión del poder de un partido a otro, por primera vez en nuestra historia
ocurrió pacíficamente.
Sin diálogo político, el país no tendrá rumbo. Sin
diálogo político, el país corre el riesgo de que la transmisión del poder en
2006 ya no fuese ordenada.
Ojalá y ahora sí escuchen los actores políticos,
todos, desde el gobierno federal hasta los partidos de oposición.
La política siempre ha sido definida como el arte de
lo posible.
Ojalá y se entienda, para evitar que, como en la en la
España de 1936, los distintos actores políticos empiecen a verse cada día con
más rencor y a sembrar la discordia, a polarizar la opinión nacional.
Hace 22 años, al asumir la Presidencia de la
República, durante una reunión con los gobernadores en los primeros días de
diciembre de 1982, el entonces Presidente Miguel de la Madrid, les advirtió a
los gobernadores que “el pasto está muy seco, cualquier error, cualquiera
represión injustificada, cualquier abuso, puede incendiarlo”.
Esa advertencia hoy, a 22 años de distancia,
tristemente tiene validez.