El caso Ahumada, con sus ramificaciones hacia el PRD,
hacia varios operadores políticos del perredismo, además de oportunidad para
deshacerse de sus adversarios dentro del partido, ha sido utilizado por Andrés
Manuel López Obrador como una especie de ilusionismo.
Con la misma tersa manera con que David Copperfield
desapareció la Torre Eiffel, el jefe de gobierno del Distrito Federal ha
conseguido que la mayoría vea lo que él, López Obrador, quiere que vea. Nada
más.
La deportación de Ahumada es apenas una faceta del
cobro de un vindicativo Fidel Castro, todavía indignado por el voto que contra
Cuba se emitió en Ginebra.
No es cierto que se cobra lo de “comes y te vas”, esas
son trivialidades que ya fueron cobradas con el ridículo que pasó el Presidente
Fox.
Ayer pronunció Castro un discurso agresivo contra
México. Habló de una mafia que está en el gobierno de México, el mismo lenguaje
empleado aquí por López Obrador. Y, por supuesto, hizo referencia a la política
exterior de México.
Todo es una cortina de humo.
Y como todos los ilusionistas, nos dejarán ver lo que
quieren que veamos, no lo que realmente ocurrió y ocurre.
Sus asesores, particularmente ese peruano especialista
en campañas políticas que ha pregonado en Lima que trabaja para el próximo
presidente de México, le han ayudado a López Obrador a tender una cortina de
humo.
Sólo el tiempo nos permitirá conocer qué se oculta
tras de la cortina de humo.
Sólo el tiempo, porque es posible que ni siquiera las
declaraciones de Ahumada la puedan disipar.
Es muy posible que hasta la hagan más espesa, porque
ya se han alineado los tejedores de leyendas que tanto abundan en los medios.
A Ahumada le puede pasar lo que a Bejarano, a veces se
dicen tantas mentiras que ya no se sabe cuál es la verdad.
ECONOMÍA
Mientras nosotros todavía debatimos cuál es el modelo
económico que más conviene a México, en Europa se consolida el gran bloque
económico y político de la Unión Europea, con 15 países de Europa Oriental.
Una comunidad que, como todas, tiene sus miembros
ricos y sus miembros pobres, pero también una comunidad en la cual los ricos
respaldan a los pobres, una comunidad que conforme consolida su fortaleza
económica y política, se constituye en uno de los más poderosos bloques
económicos del mundo, con un mercado propio de 450 millones de personas.
Y se empieza el mundo a conformar en bloques
económicos y políticos. Por lo pronto la Unión Europea que ya empieza a
alcanzar los niveles de bienestar de que goza Estados Unidos.
El poderío de ambos bloques hace difícil permanecer
aislados, como tantos pregonan en México.
En un mundo que, para bien o para mal, está
globalizado, lo que menos importa es si esa globalización empieza a ser menos
inhumana, menos implacablemente capitalista.
Lo que importa es que la globalización, aún con rostro
humano, sigue siendo globalización.
Y las naciones que permanezcan fuera de alguno de los
grandes bloques económicos en que empieza a dividirse el mundo, no alcanzarán
los niveles de bienestar que sus habitantes reclaman.
Ese es el gran dilema de México. No el modelo
económico, porque hay poco de donde escoger, salvo que se desee un retroceso y
que se busque el aislacionismo.
El dilema es cómo integrarse a uno de los bloques
económicos. Cómo integrarse al bloque de Estados Unidos y Canadá o al bloque de
la Unión Europea.
La geografía ha dado la respuesta, aunque a veces
nuestro nacionalismo rechace la opción.
Durante el siglo 19 y los primeros años del siglo 20
México intentó apartarse de la órbita de Estados Unidos.
Y siempre la realidad le impuso la indispensable
convivencia con los norteamericanos.
El dilema, pues, el dilema actual es cómo integrarse
al bloque de Norteamérica, cómo hacerlo sacando ventaja de esa integración.
En la frontera norte el nacionalismo es una fuerza
poderosa, pero no les impide a los mexicanos que viven en esa zona de la
República la convivencia con los norteamericanos.
La toman como una necesidad. Y han aprendido a vivir
de los norteamericanos, que no es lo mismo que vivir con los norteamericanos.