La semana que termina estuvo marcada por la
confrontación entre el Presidente Fox y el jefe de gobierno del Distrito
Federal Andrés Manuel López Obrador, una confrontación que por momentos parece
interminable.
Mas esta semana sus encuestas le dijeron a López
Obrador que mantener una confrontación a nivel personal con el Presidente de la
República le empezó a costar puntos. Y, sin dejar su discurso, vuelve sus
baterías a otras dependencias del Ejecutivo y al “innombrable”.
Esta confrontación con las dependencias del Ejecutivo
será interminable, en la medida que sea útil para la estrategia de López
Obrador.
Pero la confrontación se ha ampliado. Ahora el PAN
está en pleito con el PRI.
Emilio Chuayffet y Roberto Madrazo han cometido lo que
puede ser un grave error táctico. Han decidido pelear con el PAN. Por otras
razones, es cierto, pero ya anunciaron que por ahora rompen su diálogo con el
gobierno y con los panistas.
Es muy curioso todo lo que ocurre, porque parece que
no hemos aprendido de los errores del pasado.
Cuando Estados Unidos decidió extender los límites del
territorio de las 13 colonias originales, vio hacia el sur y hacia el Oeste. Lo
que vio fueron unos extensos y ricos territorios olvidados por los mexicanos,
quienes se disputaban con las armas en la mano el control de la joven
República.
Por eso se perdió más de la mitad del territorio, por
eso fuimos efímero imperio bajo la bandera de Napoleón III.
Ahora, con la misma miopía, se confrontan las tres
principales fuerzas políticas de la República.
Y nadie hace nada.
No hace nada el Presidente Fox, todavía inseguro de
cómo se ejerce el poder presidencial.
No hacen nada los partidos, porque cada uno de ellos
tiene una agenda que no va más allá de 2006.
No hacen nada los gobernadores agrupados en la Conago,
quienes ni siguiera fueron capaces de unificarse para hacer un llamado a que
prevalezca la civilidad política. Así de frágil son las reuniones de esos
políticos de ahora, para quienes es tan difícil llegar a acuerdos.
Y no están mejor otros sectores de la sociedad, porque
cada cual quiere que se resuelvan los problemas nacionales, pero sin que sean
afectados sus personales intereses.
Como en el siglo 19, otra vez la Nación es traicionada
por sus élites, por sus élites políticas, por sus élites académicas y por sus
élites económicas.
Otra vez, como en el siglo 19, esas élites privilegian
sus intereses y parece que son incapaces de ponerse de acuerdo en asuntos
fundamentales, cuando menos en uno o dos temas fundamentales.
El ruido de las discusiones nacionales es tan fuerte
que no deja escuchar las voces de los que reclaman lo elemental, más seguridad,
más educación, menos pobreza.
Es más importante la imagen de los políticos que el
futuro de la Nación.
Marchamos inconscientemente hacia el cataclismo que
sacudió a los argentinos, cuando el grito fue ¡qué se vayan todos!.
Con el grave riesgo de que cuando se vayan todos
lleguen los salvadores, los caudillos, los líderes mesiánicos.
Y empezaríamos a vivir el ciclo perverso que durante
los primeros 100 años de nuestra vida independiente hizo a la Nación perder
todo, hasta el tiempo. El ciclo perverso de dictadura-democracia-dictadura que
impidió a la Nación aprovechar las ventajas que heredó del México colonial.
Ni siquiera en los medios sobresalen las voces que
convoquen a la serenidad a las fuerzas políticas.