Con el Café 14/Mar/04
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 Con el café

 

(Edición de Fin de Semana)

 

Por: José Fonseca

 

Año 1

14 de marzo de 2004

Número 2

 

¿CAMBIO DE RUMBO?

 

 “…Si en un ambiente de descontento, un funcionario se levanta de mal humor y bajo el influjo de ese mal humor aprueba una medida impopular, puede desencadenar protestas que luego pueden convertirse en una insurrección popular, alterando a veces el curso de la historia”.

Palabras más, palabras menos, así describió un filósofo de la historia la repercusión que incidentes, al parecer insignificantes, pueden tener en la vida de las naciones.

En el caso de los escándalos del videogate del Distrito Federal, es posible que ya se haya alterado al menos el clima y quizá hasta el curso del proceso de la elección presidencial de 2006.

Los hechos son elocuentes:

Andrés Manuel López Obrador sabía de la vinculación que había entre el empresario Carlos Ahumada Kurtz y la corriente del PRD que encabezan Rosario Robles y Cuauhtémoc Cárdenas, corriente que siempre fue vista como un obstáculo para sus aspiraciones de ser candidato a la Presidencia de la República.

Desde que tomó posesión decidió cortar con los negocios que los funcionarios del gobierno de la ciudad de México hacían con Carlos Ahumada Kurtz, y de paso cortarle una importante fuente de recursos a quienes dentro del PRD le hacían la guerra.

Carlos Ahumada vio así que lo que era un río de negocios con el PRD empezó a reducirse a un hilo de agua.

Ahumada apostó a que sus contribuciones a las campañas perredistas en las elecciones legislativas de 2003 le abrirían la posibilidad de recuperar algo del terreno perdido.

Mas como ya había sido presionado, decidió acumular pruebas de esas “donaciones”, para en su momento aprovecharlas pruebas para presionar a los funcionarios involucrados.

Se entiende que muchos de los candidatos beneficiados sabían que adquirían un compromiso, pues es inaceptable que sean ingenuos.

Y aquí es donde adquiere importancia que uno de los que recibió dinero haya sido René Bejarano, quien por haber sido secretario particular de Andrés Manuel López Obrador no podía ignorar que su jefe, López Obrador, tenía, como dice el jefe de gobierno, “desconfianza de las relaciones de Ahumada con el gobierno del DF”.

Esa es una de las preguntas que no han respondido ni Bejarano ni López Obrador.

Si había tanta desconfianza, ¿por qué un hombre tan cercano a López Obrador acudió a recibir dinero?

Como sea, Ahumada averigua en enero que todos sus “donativos” a los perredistas habían sido inútiles. Supo que López Obrador había ordenado una investigación que pondría a descubierto sus operaciones ilegales con funcionarios del gobierno del DF. La investigación se condujo con sigilo, para así poder cubrir a los altos funcionarios a quienes hubiera que cubrir.

Y, reaccionó.

Recopiló todas sus pruebas y buscó a quién entregarlas y cómo manejarlas para que simultáneamente le sirvieran para denunciar, para defenderse y para vengarse.

Durante todo ese tiempo, los otros partidos se sentían impotentes ante el crecimiento de la candidatura de Andrés Manuel López Obrador.

Los documentos y los videos de Ahumada le ofrecieron al PAN, o a un grupo del PAN, la oportunidad de asestarle a López Obrador un golpe que socavara la imagen de invencible que se había construido el jefe de gobierno.

Entra en escena Diego Fernández de Cevallos, quien entendió que las pruebas de Ahumada eran la oportunidad que habían esperado.

Mas Fernández de Cevallos no actuó sin cubrirse las espaldas. Canalizó a Ahumada para que acudiera a las autoridades a presentar su denuncia por extorsión.

Entonces empezó una partida de ajedrez.

López Obrador fue informado que Ahumada preparaba una denuncia. Se enteró que Ahumada haría la denuncia y puso en movimiento a la Procuraduría capitalina para intentar impedirlo.

De la PGR se filtró la información de cuando presentaría el empresario su denuncia. Supieron que sería el 20 de febrero.

Y enviaron ese día a la PGR un grupo de judiciales del DF, comandados por el comandante Eligio Rodríguez para que detuviera a Ahumada tan pronto se presentara a declarar ante el ministerio público federal. Allí en la PGR permanecieron durante varias horas los judiciales del DF, con su orden de presentación para detener a Ahumada.

Pero para entonces ya estaba Ahumada en el Hotel Presidente declarando ante el ministerio público.

Para ocultarlo mejor el Cisen pagó una suite donde se llevó a cabo la diligencia de la denuncia.

Rebasados, López Obrador y su gente decidieron acelerar las averiguaciones contra Ahumada. Y no les quedó más que esperar que la PGR hiciera pública la denuncia recibida y empezaron a preparar su respuesta.

Todo indica que la difusión, primero del video de Gustavo Ponce y luego de René Bejarano, los tomó por sorpresa.

López Obrador habló con Ponce. Y Ponce huyó. A la mañana siguiente se le cesó.

Luego vino el video de Bejarano. Y de inmediato éste renunció, no sólo a la Asamblea Legislativa del DF de la cual era el líder, sino también al PRD, con lo que se cubrió de cualquier sanción.

Luego vino el video de Carlos Imaz. Entonces los grupos perredistas partidarios de López Obrador se movilizaron para intentar desvincular al PRD de cualquier relación con Ahumada.

Manejaron la tesis de que la corrupción propiciada por Ahumada había tocado sólo a unos pocos. Unos pocos, claro, que casualmente eran los adversarios de las aspiraciones presidenciales de López Obrador.

Y se cerró la pinza. Se expulsa a Rosario Robles y está en camino ya la expulsión de Carlos Imaz y Octavio Flores, delegados en Tlalpan y Gustavo A. Madero, quienes el pasado sábado renunciaron a sus cargos.

Se hizo la purga.

Vino entonces la fase de la desinformación.

Los acusadores se convirtieron en acusados. Una vieja estrategia.

Se creó confusión, si no en la opinión pública informada, si en la población, especialmente en los sectores beneficiados por el gobierno de la ciudad.

El informe de gobierno en el Zócalo fue simplemente la repetición hasta de las mismas frases empleadas para defender la imagen de López Obrador.

Vendrán todavía los eventuales juicios que resulten de las averiguaciones.

La Procuraduría capitalina tendrá que castigar a más perredistas.

Y la PGR tendrá que decidir si hace mártir a López Obrador o si simplemente se conforma con el castigo a quienes violaron las leyes electorales.

Esa sería no una crónica, sino un punto de vista, aún incompleto porque faltan acontecimientos por ocurrir, pero es la visión de quien esto escribe sobre lo ocurrido.

Un poco separar los hechos de los dichos.

Y al hacerlo, aspiro a contribuir a que los amables lectores de este espacio cibernético se formen su propia opinión.

 

 

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