La información fluyó vertiginosamente desde que se
difundió el video en el que aparece el exsecretario particular del jefe de
gobierno del DF y líder de la Asamblea Legislativa del DF René Bejarano
recibiendo dinero del empresario argentino Carlos Ahumada.
“Fue un error”, aclara Bejarano. Recuperado del
impacto de haber sido sorprendido in fraganti, Bejarano retoma el discurso de
Andrés Manuel López Obrador.
La estrategia de defensa de López Obrador es clara:
Tienen la responsabilidad la derecha, Carlos Salinas y
Marta Sahagún, quienes desde Los Pinos urdieron la trampa para difundir los
videos.
Bejarano alega que obró de buena fe. Quedó atrapado en
la trampa que le tendieron los amigos del empresario Carlos Ahumada, amigos que
han sido identificados. Se trata de Rosario Robles, Carlos Imaz y Ramón
Sosamontes. Es una casualidad, por supuesto, que esos tres perredistas, ya en
proceso de ser expulsados del PRD, sean precisamente los principales miembros
de la corriente que se opone a la candidatura presidencial de López Obrador.
Es la hora de las traiciones y la hora del
linchamiento en el PRD.
Ese es el primero y más serio dilema que tiene que
resolver Andrés M. López Obrador.
¿Dejará correr la guerra civil que ha estallado en las
filas de su partido?
Es posible, porque eso le permitirá eliminar a sus
adversarios perredistas. Pero también deja al partido debilitado.
Lo debilita porque lo priva de una de sus corrientes,
que si bien no es mayoritaria, es la corriente que encabeza el fundador del
PRD: Cuauhtémoc Cárdenas.
El otro dilema es cómo salvar a René Bejarano de sí
mismo.
Bejarano tiene un siniestro historial de corrupción y
chantaje. Igual que su esposa la diputado federal Dolores Padierna.
Pero ambos encabezan la corriente de Izquierda
Democrática, con presencia en las zonas más populosas del Distrito Federal. Sin
el apoyo de Izquierda Democrática, López Obrador no hubiera ganado la mayoría
en la Asamblea Legislativa el pasado julio.
Tiene que salvar a Bejarano, porque es un sinvergüenza
útil, pero también tiene López Obrador que salvar su imagen.
Por eso se apunta a un complot para destruirlo, como
intento de culpar a otros de los pecados propios.
Pero la imagen ha sido lastimada. Ha sido puesta en
tela de duda su principal carta: su integridad personal.
Es cierto, nadie acusa a López Obrador de haber tomado
dinero o haber desviado recursos públicos.
Pero no puede ignorar que los video-escándalos han
manchado su administración. Él, López Obrador, es quien tiene la
responsabilidad de administrar y gobernar la ciudad de México.
Y tendrá que hacer mucho, pero mucho más de lo que ha
hecho en estos días, para sacudirse la mancha de corrupción que dos de sus
hombres más cercanos y varios de sus compañeros de partido han dejado en el
gobierno de la ciudad.
El reto será como salir limpio del pantano de
corrupción que ha empezado a aflorar.
En su empeño por repartir culpar, empeño que responde
a la urgente tarea de salvar su imagen López Obrador puede cometer un error que
sería fatal:
En esa lucha por salvar la imagen el señor López
Obrador puede desbarrancar al PRD.
Y si embarranca al PRD, la izquierda mexicana,
atrapada en sus peores vicios, como el clientelismo y latendencia al autoritarismo, habrá perdido
una vez más la oportunidad de presentarse en 2006 como una opción viable y
seria de gobierno.