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5 de Mayo de 2008
Hoy, al cumplir 19 años de vida, el Partido
de la Revolución Democrática está atrapado en un remolino de ambiciones que lo
han dividido y sumido en una gravísima crisis que amenaza su existencia misma.
Ayer eligieron una presidencia interina, pero
en un consejo no totalmente legal. Y los pejistas lo desconocen. “Viven en
Chuchilandia”, acusa Alejandro Encinas, aunque también los pejistas vivan el
mundo virtual de “una presidencia legítima”.
Muchos se alegran de la crisis perredista.
Nadie debería alegrarse. Menos deberían
satanizar al PRD, porque la satanización arrincona a las formaciones de
izquierda más moderadas que militan en ese partido.
Y al arrinconarlas, se les condena al
ostracismo, se aísla a los elementos moderados cuya moderación es fundamental
para mantener el equilibrio político nacional.
Nadie debería alegrarse de que pierda fuerza
la formación de la izquierda que se integró a los procesos electorales desde
hace 20 años.
Un efecto colateral - e indeseable- del
conflicto interno del PRD es el fortalecimiento de la izquierda más radical.
De esa izquierda radical que no cree en la
vía electoral, que sólo se replegó temporalmente en su posición de que al poder
sólo se llega por la vía de la violencia.
Hay que insistirles, una y otra vez, que con
la violencia nadie gana, perdemos todos.
Insisto, nadie debe alegrarse de la crisis en
el PRD.
Es un grave error no discernir lo
indispensable que es para la gobernabilidad la existencia de un partido de
izquierda, una izquierda que dentro de la institucionalidad electoral encauce
las reclamaciones de sectores importantes de la sociedad mexicana.
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