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Otra vez, como hace dos años, tenemos un
clima de crispación y polarización como consecuencia de las tomas de las
tribunas del Congreso, como recurso para impedir que se apruebe la reforma
petrolera del Presidente Calderón.
La estrategia lopezobradorista, como la del
chapulín colorado, está fríamente calculada para ganar tiempo y desesperar a
sus adversarios.
Y sus adversarios se desesperan. Por eso los
spots antipeje. Por eso la impaciencia hasta de los más serenos políticos.
Se prueba así que la política es el campo de
la sinrazón y la mala fe.
Sinrazón constituyen las exigencias cada vez
mayores de los lopezobradoristas para siquiera pensar si dejan las tribunas del
Congreso.
Mala fe que afecta hasta a los perredistas.
López Obrador ahora les exige que firmen un
documento en el que se comprometan a no discutir la reforma petrolera ni
siquiera en un período extraordinario, sin importar el carácter de las
deliberaciones.
Mala fe en el proceso interno del PRD. Mala
fe para imponer a su candidato en la dirigencia nacional, sin importar las
heridas que deje en la estructura del partido.
El hecho innegable es que la reforma
petrolera, como calculó López Obrador no sólo le dio oxígeno a su figura, sino
que le abrió un amplio margen de maniobra para influir en la agenda política
nacional.
Tiene la gran ventaja que ignora a la opinión
pública y no le importa el desgaste de su figura, porque tiene a sus fieles,
aquellos devotos que creen que López Obrador puede caminar sobre las aguas del
Golfo de México.
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