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Por reconocen algunos connotados perredistas
que están a unos días de que ocurra lo impensable: una fractura irreparable en
el PRD.
Con una escisión culminaría la batalla
emprendida por el control absoluta del partido entre los grupos leales a Andrés
Manuel López Obrador y los grupos leales a Cuauhtémoc Cárdenas.
Es una batalla por el alma del partido de la
revolución democrática.
Se
confrontan dos visiones: la visión radical del lopezobradorismo y la
visión moderada del cardenismo.
Los lopezobradoristas no engañaron a nadie,
desde que empezó el proceso electoral perredista mandaron sólo un mensaje:
expulsaremos a los traidores.
Los cardenistas que siguen a Jesús Ortega son
los traidores.
Y se prepara una purga, al más depurado
estilo estalinista.
La ventaja la tienen los lopezobradoristas,
apoyados en el capital político acumulado por López Obrador. Su argumento es
contundente: con la candidatura presidencial de López Obrador la izquierda
estuvo a un latido de ganar la Presidencia de la República.
López Obrador mostró su fuerza al doblegar a
los cardenistas que forman mayoría en las bancadas del Congreso de la Unión.
Tanto los doblegó que se mantiene el secuestro del Congreso.
Los cardenistas suponen que pueden permanecer
en el PRD. No los va a dejar López Obrador. La crisis interna del PRD se
resolverá con la designación de un lopezobradorista como dirigente interino. Y
no podrán impedirlo.
Una vez con el control absoluto y legal del
PRD, nada le impedirá seguir con su tarea fundamental, la razón de su vida:
desestabilizar definitivamente al gobierno del Presidente Calderón.
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