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En medio de la barahúnda, del alboroto por la
reforma petrolera, apenas se advierte el callejón sin salida al que ha llegado
el Partido de la Revolución Democrática.
Hoy hace un mes que se celebraron las
elecciones de su dirigencia nacional.
A lo largo de estas cuatro semanas, fueron
públicas las evidencias de las tácticas sucias empleadas por los protagonistas
de la elección. Hasta innovaron el catálogo de tretas con actas de casillas que
nunca abrieron.
Pero también mostró el PRD su incapacidad
para resolver el conflicto postelectoral. La Comisión Técnica Electoral no pudo
completar el recuento de la votación, porque, como lo dijo Arturo Núñez, tanto
Alejandro Encinas como Jesús Ortega querían conteos a modo.
Atrapados en la intransigencia, la elección
va a manos de la Comisión de Garantías, donde afirman los chuchos que hay
parcialidad hacia Alejandro Encinas.
Pero más allá de este ejercicio electoral
perredista, justamente calificado como un cochinero, empieza a trascender el
verdadero propósito de Encinas y sus aliados lopezobradoristas.
Alguna vez, en este tu espacio, opiné que no
habría fractura, que no habría divorcio en el PRD porque los recursos a
disposición de la dirigencia nacional son muchos. 440 millones de razones,
dije.
Pero los lopezobradoristas quieren todo. Y se
disponen a buscar sacar a los chuchos no sólo de las posiciones en el PRD, sino
hasta del partido.
Alegan que sin los chuchos el PRD podría
achicarse, pero que así sería un partido puro, un partido con autoridad moral.
Por favor, ¿autoridad moral en el rancho el
girasol?
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