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Está a punto de vencer el plazo de un año que
se fijó en la ley de reforma del Estado.
El propósito anunciado hace un año era hacer
cambios radicales en materia electoral, en materia de justicia y en el régimen
de gobierno de la República. Y había otros.
A gritos y a sombrerazos se aprobó una
reforma electoral de cuya eficacia no sabremos hasta que se celebren elecciones
federales y elecciones locales.
En materia de justicia se le hicieron cambios
a las iniciativas enviadas por el Ejecutivo.
Con sus claroscuros, muchos dirán y tendrán
razón, que la reforma del Estado al final de la jornada de doce meses se quedó
corta en sus objetivos.
Muchas de las propuestas manejadas por la
comisión respectiva tendrán que irse al proceso legislativo ordinario.
Hace doce meses, la Nación y las fuerzas
políticas estaban atrapadas todavía en la crispación provocada por los
resultados de las elecciones presidenciales. Ese clima de crispación en muchos
casos dificultaba el diálogo, en otros lo hacía imposible.
Cierto, los objetivos de la comisión
legislativa para la reforma del Estado eran muy ambiciosos, demasiado
ambiciosos.
Pero, al final de doce meses, Joaquín, pienso
que tiene razón el senador Manlio Fabio Beltrones. Aunque para algunos la
Reforma del Estado fue un petardo, porque se quedó corta en logros, consiguió
lo que hace un año parecía muy difícil: hizo posible la reconstrucción del
diálogo entre las fuerzas políticas.
Y ese, Joaquín, a como estaban las cosas hace
doce meses, no es un logro menor.
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