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El llamamiento hecho en el Zócalo por el ex
candidato presidencial del PRD Andrés Manuel López Obrador para organizar
movilizaciones contra lo que hasta ahora es sólo una imaginaria privatización
petrolera parece ser uno más de sus estridentes ejercicios retóricos y
propagandísticos.
Quiero pensar que son meros amagos
discursivos, discutibles sí, pero aunque no los compartamos tenemos que
reconocer que está en su derecho al hacerlos.
Aunque entre muchos de sus seguidores se
advierte un creciente desencanto con el proceso institucional.
Algunos de los lopezobradoristas,
presumiblemente los más inteligentes, califican como disfuncionales a los
partidos políticos todos. No sirven, pues.
En reciente entrevista radiofónica, el señor
López Obrador hizo un lapidario diagnóstico: toda la clase política está
podrida.
Afirmación temeraria, Joaquín, una contundente
descalificación de todos los políticos de la República, supongo que incluidos
hasta quienes le siguen, porque también forman parte de la clase política.
La conclusión lógica es que sí la clase
política está podrida la clase política, alguien tiene que limpiar a la
República.
¿Cómo se propondrían hacer esa limpieza.
Me niego a creer que el señor López Obrador,
según el prolijo análisis publicado hoy por José Carreño Carlón quiera llevar
al país por la ruta de la violencia callejera que tomó el boliviano Evo Morales
y que produjo la caída del presidente en funciones.
Aquella violencia boliviana costó muchas
vidas.
Y, aunque Oscar Wilde dijo que la ambición es
el último refugio de todo fracaso, me niego a creer que alguien por ambición,
le quiera exigir una cuota de sangre a los mexicanos.
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