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El año pasado el Congreso aprobó reformas
constitucionales en materia electoral.
Nos dijeron que con esas reformas se
fortalecerá el sistema de elecciones y se evitarán los problemas creados por
las elecciones presidenciales de 2006, tan competidas.
En pocas palabras, que gracias a esas
reformas las elecciones federales, la presidencial y las legislativas, serán
más confiables, más limpias, más justas, más equitativas.
Maravilloso objetivo.
Pero el diablo está en los detalles. Y entre
esos detalles está la modificación de 17 leyes secundarias para que la reforma
electoral pueda funcionar en la práctica.
Con el napoleónico lema de despacio, que voy
de prisa, los senadores y los diputados han dejado pasar el tiempo y no han
modificado ninguna de esas 17 leyes.
A este período de sesiones le quedan
solamente cinco semanas. Luego el Congreso irá a un receso que terminará hasta
el 31 del próximo agosto.
¿Por qué es importante que esas 17 leyes
secundarias sean reformadas?
Pues por la sencilla razón de que a partir
del uno de octubre empieza legalmente el proceso de las elecciones legislativas
de 2009.
Esas elecciones tienen que ser bajo las
nuevas reglas aprobadas en la reforma constitucional en materia de elecciones.
Si para el 30 del próximo septiembre no se
han hecho los cambios legales, la República irá a las elecciones legislativas
con un marco legal jurídicamente deformado.
Con un marco legal no reformado, las
elecciones legislativas del año próximo hasta podrían ser impugnadas como
inconstitucionales.
Y ese sí sería un problema mayor.
Un herradero pues.
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