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Estamos a cuatro días de que venza el plazo
legal para que se firme el nuevo contrato colectivo de trabajo de Luz y Fuerza
con su sindicato.
O de que estalle una huelga en la empresa que
abastece de energía eléctrica a la capital de la República y a la porción más
importante del centro del país en términos de plantas productivas.
El sindicato exige un aumento salarial que
sabe no puede pagar la empresa.
Pero ese no es el problema que tiene atoradas
las pláticas entre el sindicato mexicano de electricistas y Luz y Fuerza.
Lo que busca el sindicato es impedir que le
reduzcan las prestaciones actuales y por eso se inventa la petición de
solicitar todavía más prestaciones, aunque las que ya reciba constituyan una
carga muy pesada para la empresa.
Es un juego que todos los sindicatos y todas
las empresas ya han jugado. Pero no es juego del todo o nada.
El juego consiste en estirar la liga al
máximo y conseguir al final la modificación de unas pocas cláusulas.
Para Luz y Fuerza modificar algunas cláusulas
es asunto de sobrevivencia.
Pero para el sindicato no modificarles es
también asunto de sobrevivencia de una dirigencia sindical que ha sido muy
beligerante.
Ni el sindicato ni la empresa operan en el
vacío.
El problema no es el eventual estallido de
una huelga.
Sino saber cuál sería el costo social y
político de volver a levantar el switch.
Es el cálculo que tienen que hacer el
sindicato electricista y Luz y Fuerza.
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