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Hace poco más de diez años, un priísta,
miembro del clan modernizador, me dijo:
“… Tenemos que reconocer que el origen del
PRI había sido antidemocrático”.
Esa opinión la comparten muchos, Joaquín,
pero, siendo generosos en el lenguaje, eso es una tontería. No se deben juzgar
los acontecimientos históricos a partir de criterios del México de hoy.
La fundación del PRI significó la
tranquilidad para el pueblo mexicano, exhausto por la violencia revolucionaria,
la violencia de la cristiana y la lucha entre facciones revolucionarias.
Hace 79 años, los conflictos políticos entre
los grupos revolucionarios y no revolucionarios se resolvían por las armas.
Plutarco Elías Calles propuso resolverlos en
la mesa de las negociaciones políticas.
Esa fue la trascendencia del PRI, y de su
abuelo el Partido Nacional Revolucionario.
Devolverle la paz social a un pueblo
exhausto, al que lo que menos le importaba era eso de la democracia, concepto
de retórica académica para los que sólo querían vivir en paz.
Durante siete décadas los priístas gobernaron
el país. Con sus baches, con sus logros y con los claroscuros propios de toda
obra humana, sobre todo cuando ésta es política.
Hoy, a ocho años de perder la Presidencia de
la República, los priístas celebran el 79 aniversario con optimismo.
Ser expulsados de Los Pinos les provocó la
sensación de orfandad. Ahora confían en volver, dicen haber reencontrado la
brújula.
Podría ser.
Por naturaleza, la política es una hoguera de
vanidades, pero los priístas no volverán a Los Pinos si la convierten en una
feria de ambiciones y mezquindades.
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