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El Secretario de Gobernación Juan Camilo
Mouriño, se ha dicho en este tu espacio, asumió oficialmente desde el pasado
enero una tarea que parcialmente desempeñaba extraoficialmente desde su puesto
de jefe de la oficina de la Presidencia.
Coordina al gabinete, dialoga con los
gobernadores y con el Poder Legislativo.
Mantiene al Presidente por encima de
controversias coyunturales.
Una tarea política de primer orden.
Del pasado enero a la fecha su figura ha
sido más visible, pero debe reconocerse que sin el protagonismo estéril de
algunos de sus antecesores en Bucareli.
Eso podría cambiar.
La acusación lanzada por Andrés Manuel López
Obrador, recogida por los diputados perredistas y entregada a un medio de
comunicación, lo coloca en el centro de una polémica de consecuencias
imprevisibles.
Lo acusan de tráfico de influencia. Mouriño
rechaza la acusación.
Los acusadores dicen tener pruebas, pero sin
mostrarlas nos piden creer su dicho, como si creerles fuera artículo de fe.
El Secretario de Gobernación tiene que
enfrentar el tema con energía. Si se trata de desinformación, debe probarlo de
inmediato.
No debe Mouriño discutir el asunto en los medios,
sino ante las autoridades, pues a los acusadores les conviene que el debate sólo sea mediático, porque en
ese terreno ellos tienen las ventajas del atractivo que ejerce todo escándalo.
Pero tiene que actuar rápido, muy rápido. El
tiempo no está a su favor. Está a favor de los acusadores,.
Si se deja pasar mucho tiempo, luego ya no
importará si la acusación es falsa.
Se habrá cumplido aquello de calumnia, que
algo queda.
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