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El bombazo del pasado viernes sacudió algo
más que las inmediaciones de la zona rosa de la ciudad de México, sacudió muchos ánimos, particularmente muchos
ánimos entre las autoridades federales y del Distrito Federal.
Hay poca información, muy poca. Pero, eso sí,
hay muchas especulaciones y demasiadas hipótesis.
Estos son los hechos: la bomba la
transportaba un hombre aún no identificado oficialmente. Llevaba ropas
sobrepuestas, un traje y debajo unos pants.
Se supone que el artefacto estalló
prematuramente, pero no sabemos dónde se iba a colocar.
Hay una mujer herida. La investigan por
posible complicidad con el hombre que murió.
Oficialmente no se ha dicho el tipo de
explosivo utilizado para la elaboración del artefacto. El jefe de la policía
del DF Joel Ortega sólo dijo que el estallido sería provocado mediante la señal
de un teléfono celular. Se desconoce quienes son los autores intelectuales del
bombazo.
Esos son los hechos.
Para las hipótesis y las especulaciones la
imaginación es el único límite.
Sin embargo, Joaquín, la explosión ocurrió a
las 2 y media de la tarde. Muy cerca del Metro Insurgentes. Un sitio con
intenso tráfico de personas. Indicio de gran indiferencia por la eventual
pérdida de vidas humanas. Eso es terrorismo.
Dice la PGR que es cosa de narcotraficantes
menores. ¿Pues qué harán los narcotraficantes mayores?
Tal parece que nos negamos a aceptar que la
violencia pueda pasar de los asesinatos a las acciones terroristas. El pasado
viernes, pienso, Joaquín, es un parte aguas en la lucha contra el narco.
¿Qué sigue, Joaquín?
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