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“Estamos preparados para enfrentar cualquier
represalia”, declaró hace un año el procurador general de la República Eduardo
Medina Mora.
Tal parece, Joaquín, que pese a esa
preparación las represalias del crimen organizado no sólo no han disminuido,
sino que son más violentas.
“No nos dejaremos amedrentar”, nos dicen los
altos funcionarios del gobierno federal.
El caso es que, a juzgar por las informaciones
de los corresponsales de Radio Fórmula, quienes si están amedrentados son
muchos policías.
Ahí, en la primera línea de batalla contra el
crimen, los encargados de librar esa batalla empiezan a perder el ánimo para
hacer frente a los mafiosos del crimen organizado.
Algunos aseguran que es una guerra de las
mafias contra el Estado Mexicano.
Nunca se insistirá suficiente sobre el
indispensable respaldo de la opinión pública que necesita el Estado Mexicano
para hacerle frente a la violencia del crimen organizado.
Y, como se ha dicho otras ocasiones, hay
algunos sectores de la sociedad mexicana poco dispuestos a respaldar la lucha
contra el crimen organizado.
Son muchos, quizá demasiados, los que le
niegan al Estado mexicano el derecho de utilizar su legal y constitucional
monopolio de la fuerza.
Durante el siglo 19, México enfrentó, como
ahora, la ofensiva de pandillas criminales organizadas. Entonces eran
salteadores de caminos que asesinaban, pero también mantenían el control de
varias regiones de la Republica, donde las comunidades por miedo o complicidad
les servían de refugio. Y el Estado los derrotó.
Eran otros tiempos, nos dirán. Si, eran otros
tiempos.
Eran también otros hombres, con más carácter,
con el temple necesario para defenderse y defender a la sociedad.
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