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Es José Woldenberg quien sostiene que la
transición política mexicana ya ha concluido y que posiblemente lo que hace
falta es consolidar las estructuras e instituciones democráticas.
Una de esas instituciones, Joaquín, es sin
duda el Instituto Federal Electoral.
El IFE ha permitido la organización de
elecciones cuyos resultados han reflejado razonablemente la voluntad de los
ciudadanos expresadas en las urnas.
Eso se trastornó el año pasado, cuando Andrés
Manuel López Obrador se negó a reconocer los resultados de las elecciones
presidenciales.
Y eso nos llevó al pantano en que están ahora
los partidos que no hallan la manera de ponerse de acuerdo para elegir a los
nuevos consejeros del IFE que acordaron despedir.
Eso, al final, es lo de menos, porque tarde o
temprano se pondrán de acuerdo.
Pero, ¿cómo le harán los partidos para
conseguir que en las elecciones federales del año próximo se cuente otra vez
con la participación de casi un millón de ciudadanos que tiene que ser los
funcionarios en las casillas?
Ser funcionario de casilla es una experiencia
cívica, nos dicen. Si, es cierto, pero también una experiencia agotadora,
desgastante.
¿Cómo se cubrirán las posiciones en las
casillas en las próximas elecciones federales?
¿Quiénes querrán pasar un domingo agotador,
para que luego un candidato perdedor, como López Obrador, los acuse de hacer
trampa, de ser corruptos?
Veremos lo difícil que será ocupar las
posiciones de funcionarios de casilla el año próximo.
A menos que nos convenzan que el ser llamado
ladrón por los candidatos perdedores también es una maravillosa experiencia
cívica.
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