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Los tres nuevos consejeros del IFE, se ha
dicho en este tu espacio, tienen un gran reto: volverse árbitros creíbles y
confiables para las elecciones de 2009, cuando se renovará la Cámara de
Diputados.
No es fácil escarmentar en cabeza ajena; pero
aprendan de las vicisitudes vividas por el actual consejo general del IFE desde
aquella tormentosa noche del 2 de julio de 2007. Doce meses acosados y
denigrados.
Los tres nuevos consejeros del IFE son el
resultado de una negociación política entre los tres grandes partidos. Eso no
debe escandalizarnos, pues la Cámara de Diputados, como el Senado, son foros
políticos por su misma naturaleza.
Llevan los nuevos consejeros el sello del
partido que los respaldó; pero una vez instalados su responsabilidad es con la
Nación, a la que tienen la obligación de garantizarle elecciones creíbles y
confiables.
Mal harían en creer en la buena fe de los
partidos. La política es el campo de la sinrazón y la mala fe. El año pasado
los consejeros del IFE creyeron en la buena fe de los partidos. Y así les fue.
Creyeron que respetarían el acuerdo para que
las actas con inconsistencias de la elección presidencial fueran a un archivo
especial, para ser posteriormente revisadas.
Se equivocaron, ese acuerdo fue desconocido y
aprovechado para descalificar a la elección.
Llegará el momento en que los nuevos
consejeros del IFE tendrán que decidir si se arrodillan ante los partidos o hacen
respetar la autonomía del IFE.
Decidirán si las prebendas valen el
sacrificio de la dignidad personal.
Así de fácil, así de difícil.
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