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Otra vez, Joaquín, como todos los años,
explota la religiosidad popular y la veneración a la Virgen de Guadalupe. Más
que cualquiera otro día, ríos humanos avanzaron incontenibles hacia la Basílica
de Guadalupe.
Ajenos a las digresiones históricas,
antropológicas y sociológicas y a las explicaciones presuntamente científicas
de las apariciones de Santa María de Guadalupe en el cerro del Tepeyac.
Ajenos, Joaquín, porque en el imaginario
popular la Virgen del Tepeyac es un símbolo de identidad nacional.
En 1810, explica Francisco de la Maza, no fue
simple ocurrencia que el cura Hidalgo enarbolara un estandarte con la imagen de
la Virgen de Guadalupe. Ya entonces, dice Maza, la imagen era símbolo patrio,
una bandera.
Así lo entendió el Benemérito Benito Juárez,
quien desde la Presidencia decretó que el 12 de diciembre es día de fiesta
nacional para recordar las apariciones del Tepeyac.
Para los católicos guadalupanos las
apariciones del Tepeyac son un diálogo entre la divinidad y el hombre; para los
escépticos son un diálogo religioso y cultural.
Por que la devoción a la Virgen de Guadalupe,
Joaquín, forma parte del alma nacional, parte de nuestra nacionalidad.
Un ejemplo y una anécdota.
Dos diputados viajaban en un taxi.
Cuestionaban duramente las apariciones del Tepeyac. Eran los tiempos de la
polémica provocada por Schulemburg.
El taxista detuvo bruscamente el auto y les
dijo:
En mi taxi nadie habla mal la morenita del
Tepeyac, se bajan ahora mismo o los bajo, hijos de…
Y los diputados se bajaron, Joaquín.
Cosas de la devoción y del ser nacional.
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