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Mientras en la Cámara de Diputados se
presentan a examen profesional más de un centenar de ciudadanos, aspirantes a
ser consejeros electorales en el IFE, ha empezado a dejarse sentir una especie
de resignación por la reforma electoral, tan cuestionada, pero, también, tan
inevitable.
Habrá ajustes en las reformas al Código
Federal de Instituciones y Procesos Electorales, pero es un hecho que para las
elecciones de diputados de 2009 habrá nuevas reglas.
Las reglas del Código electoral de 1996
aguantaron 10 años los malos humores y la sinrazón y la mala fe de los
políticos y los partidos. No aguantaron más.
No comparto el optimismo de los legisladores
que nos aseguran que ahora sí tendremos reglas que permitirán que tengamos
mejores elecciones.
La verdad, Joaquín, ni nosotros ni los legisladores sabemos si el
nuevo código electoral funcionará cuando menos otros 10 años.
No lo sabremos hasta que ese código electoral
pase la prueba del ácido de las elecciones. El nuevo código electoral es
excesivamente complicado. Pretende reglamentar todo, las precampañas, las
campañas, los mensajes de candidatos y partidos y, en buena parte, hasta cómo
actúan los organismos electorales de los Estados.
En otras palabras, los diputados y senadores
quieren cambiarle, electoralmente hablando, hasta el modo de andar a los
partidos, a los candidatos, a los medios de comunicación y a los ciudadanos.
Me pregunto si no habrán construido un
edificio legal demasiado pesado.
No vaya a ocurrir lo que en algunas
construcciones, que todo va bien hasta que al colocar el último ladrillo todo
se derrumba.
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