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Ayer irrumpieron seguidores de Andrés
Manuel López Obrador en la Catedral Metropolitana.
Alegaron que las campanas de Catedral tañían
para interrumpir el mitin de López Obrador, no para llamar a misa.
No
es la primera vez; pero esa vez fue más violenta la incursión. Estuvieron a
punto de llegar al Altar Mayor y profanarlo.
Los
dirigentes del PRD, claro, se desvinculan del incidente.
Se
probó una vez más que las palabras de los discursos exaltados no son
inofensivas.
Nadie quiere asumir la responsabilidad
política y moral de los discursos del rencor.
Es
una desmesura del vocero del Arzobispado calificar el incidente de terrorismo,
pero tiene razón al anunciar el cierre de la Catedral hasta que haya garantías.
Algo
que no ocurría desde la guerra cristera.
Como
sea, ahora sí, dicen, van a darle seguridad.
Ebrard
alega que no puede cerrarse la Catedral, porque es de la Nación, no de la
Iglesia.
Un
hombre culto como el señor Ebrard, sabe que el término Iglesia va más allá del
edificio, es más que la jerarquía con la que su partido tiene dificultades y
con la que tampoco quiere hablar.
La
Iglesia, dice el diccionario de la lengua española, es la congregación de los
fieles, el conjunto del clero y los fieles, la asamblea de creyentes.
Esa
es la Iglesia ofendida por los lopezobradoristas.
Pero
eluden su responsabilidad. Apenas averiguarán si se cometió algún delito.
Por
eso la violencia de los intolerantes. Se saben impunes.
Tan
juarista, el señor Ebrard dice: a los amigos, justicia y gracia.
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