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Las
aguas bajan en Tabasco. Y ha empezado para el gobierno del Presidente Calderón
una carrera contra el tiempo.
Esta
mañana publica un artículo el ex regente del Distrito Federal Manuel Camacho
Solís, en el cual recuerda las acciones del gobierno federal para atender a los
damnificados por el terremoto de 1985 en la ciudad de México.
Más
allá de paralelismos no siempre acertados, Camacho Solís revela que el retraso
para el inicio de los trabajos de reconstrucción tuvo como consecuencia que
surgieran los siempre oportunistas luchadores sociales que capitalizaron y
atizaron la irritación por el retraso. El desastre se volvió uno de imagen.
El
quid del caso Tabasco está en la celeridad con que se atiendan las necesidades
de los damnificados.
Las
despensas, el agua y otros artículos son necesarios todavía, muy necesarios;
pero ahora los damnificados enfrentan la realidad de cómo reconstruir no sólo
sus casas, sino hasta sus vidas.
Cuando se pierde todo, la desesperanza llega.
Y de
la desesperanza se pasa a la desesperación, y de la desesperación a la
irritación social. Y las personas se vuelven arcilla moldeable para los más
frenéticos demagogos.
En
Tabasco, más allá de los daños materiales, hay ahora una sensación de ruina
económica. Esa puede remediarse.
El
tiempo apremia, Joaquín. Lo que ahora es ruina económica no debe convertirse en
ruina social.
Hay
razones humanas para actuar para que eso no ocurra.
Pero
también, Joaquín, razones políticas.
Porque
si hubiera dejadez y apatía en la reconstrucción de Tabasco se podría convertir
en un desastre político.
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