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Anoche
recordé, Joaquín, tu comentario de hace unos días.
Decías
que no es nada malo que grupos de niños, acompañados de sus madres, vayan
tocando puertas para pedir “su calaverita”.
Anoche, tocaron a mi puerta, como dijo el
clásico, muchos chiquillos y chiquillas. Y muchas de las niñas venían vestidas
como la mexicanísima Catrina.
Y,
una vez más, Joaquín, me sorprendió la capacidad de nuestra cultura para
adaptar a lo nuestro las tradiciones más lejanas. A nuestro modo nos hemos
apropiado la tradición norteamericana de la noche de brujas y la hemos adaptado
a nuestras costumbres.
Allá
en Estados Unidos la noche de brujas la celebran el 31 de octubre. Aquí la
víspera del Día de los Muertos.
Y hoy, Joaquín, ya es Día de Muertos.
No
estoy de acuerdo con aquellos que dicen que este día los mexicanos celebramos a
la Muerte.
No,
Joaquín, el Día de los Muertos es un ejercicio de memoria personal y colectiva.
Lo
que hacemos este día es recordar a nuestros muertos. Y ese ejercicio de memoria es un ejercicio
de vida, aunque de alguna manera nos recuerda nuestra condición de mortales.
Después de todo, los muertos viven mientras
permanecen en nuestra memoria, en la memoria de los vivos.
Es
buen día para citar a San Agustín, quien decía que debíamos recordar que hubo
un buen ladrón para que nadie desespere; pero también que sólo hubo uno, para
que nadie se confíe.
Total,
Joaquín, como alguien escribió:
Si
hemos de morir, que sea de amor, no de hastío.
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