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Es
de mal gusto contar los años, cuando de la vida propia se trata.
Y al
contarlos hoy uno comprueba que hablar del 2 de octubre de 1968, Joaquín, es
hablar de otro México.
De un México sólo conocido de oídas por la
mitad de los mexicanos que viven en este 2006.
Después
de Tlatelolco, México se convirtió en escenario de confrontación sangrienta de
ideologías. Éramos una pieza del ajedrez brutal de la guerra fría.
Algunos
dicen que en Tlatelolco aquella noche de un 2 de octubre empezó la larga agonía
del sistema político surgido de la Revolución Mexicana.
Quizá
tengan razón, quienes dicen que fue el principio de lo que ocurrió aquel 2 de
julio de 2000, cuando el PRI perdió la Presidencia de la República y la
entregó, a regañadientes, pero sin violencia, sin estridencias ni
movilizaciones.
La
histórica transmisión del poder a un partido adversario del PRI fue en realidad
una implosión de aquel sistema.
Para
muchos de las élites políticas el 2 de octubre del 68 es un trauma.
Ese
trauma las inmoviliza y les impide construir para las siguientes generaciones
de mexicanos. Esa inmovilidad a veces paraliza al Estado Mexicano.
Pero
de aquel octubre del 68 cada quien cada quien su recuerdo personal, distinto.
Más allá de la mitología política el 68 fue punto de partida.
Hay
quien recuerda la mañana del 3 de octubre de 1968, cuando dormido en la
redacción lo despertó don Gabriel Alarcón Chargoy, y le dijo: “ya tienes la
planta de reportero”.
Allí, Joaquín, empezó todo.
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