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Hace ya poco más de 15 años,
Joaquín, el Estado Mexicano realizó una hazaña.
Más
de 35 millones de mexicanos fueron empadronados y recibieron su credencial para
votar.
Con
el Registro Federal de Electores se tuvo, por primera vez en nuestra historia,
un registro puntual y confiable de cuántos mexicanos teníamos edad para votar.
Se
estableció un sistema que permitía mantener una depuración permanente, la
eliminación de duplicidades, la baja de los fallecidos y la alta de los que
arribaban a la mayoría de edad.
Llegó la reforma electoral fundamental, la de
1996, y se contó con un IFE realmente autónomo, con capacidad para organizar y
manejar los procesos electorales federales.
Pero, como dice la canción, cómo han pasado
los años.
Aquel IFE autónomo, ahora casi santificado,
irresponsablemente desmanteló buena parte del aparato eficaz construido para el
Registro Federal de Electores. No ha dejado de funcionar, es cierto, pero
tampoco ha vuelto a ser el mismo.
El
año pasado ya se hablaba de actualizarlo. Para lo cual el IFE pedía algo así
como 3 mil millones de pesos.
A
los diputados y a los senadores no se les dio la gana autorizar esa presupuesto
adicional. Más bien recortaron el presupuesto al IFE.
Y
ahí estamos con un Registro Federal de Electores que está no inflado, está
infladísimo.
No
se depura porque no se le antoja al Congreso.
Mientras los tres grandes partidos escogen al
sucesor de Luis Carlos Ugalde, bien podrían ocuparse del Registro Federal de
Electores.
Y de
actualizar el padrón y las credenciales.
Pero,
como dicen hoy, está… difícil.
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