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El
discurso del Presidente Calderón ante un grupo de mexicanos clasificados como
líderes no ha recibido la difusión ni la atención que pienso merece.
Quizá, como dijo el Presidente, ahí ni
estaban todos los que son líderes, ni todos los que estaban son líderes.
Como
sea, la composición de la asistencia a la reunión es la mejor prueba de que en
México ha ocurrido ya el relevo de generaciones.
Con Calderón llegó al poder la generación
nacida en los años sesenta.
La
generación que creció en las crisis económicas, en la transición a la
democracia, en la implacable modernización económica, pero también ha sido
testigo de los enormes costos sociales que esos procesos han tenido.
A
ellos se dirigió el Presidente. Les recordó la responsabilidad que tiene esta
generación de no repetir los errores del pasado y a actuar contra la brutal y
dolorosa desigualdad que agobia a miles de mexicanos.
Salvo contadas excepciones, las referencias
al discurso del Presidente Calderón han sido críticas, nubladas por los
prejuicios ideológicos, cegadas por la inmediatez de la coyuntura política y el
empeño de mantener el encono, aunque eso impida construir un mejor futuro.
Qué pena, Joaquín, porque por primera vez el
Presidente Calderón se coloca por encima de la mezquindad y la coyuntura
político electoral.
Qué
pena el silencio, pues por primera vez, el Presidente Calderón apela a los
privilegiados de su generación. A los privilegiados política y económicamente a
responsabilizarse de la situación de este México que, como dijera Colosio,
todavía tiene hambre y sed de justicia.
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