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Hay
un sector de la sociedad mexicana donde existen muchos prejuicios contra las
universidades públicas, prejuicios que comparten algunos hombres del gobierno.
No
hace mucho el rector de la UNAM, el doctor Juan Ramón de la Fuente, recordó que
las universidades públicas son un factor fundamental para la capilaridad
social.
La
capilaridad social, al final del día, es sólo la posibilidad que una sociedad
ofrece a sus miembros para ascender en la escala económica y social a través de
la educación.
La
ya casi mítica etapa del desarrollo estabilizador de México fue algo más que
crecimiento económico con estabilidad financiera.
Fue
en realidad una etapa en la cual la sociedad tuvo la enorme capacidad de darle
oportunidad a sus ciudadanos.
La
Universidad Pública fue factor determinante en generar oportunidades.
Hasta
hace 15 años, cuando nos invadió el neoliberalismo, los dirigentes políticos,
sociales y empresariales de México salieron de las universidades públicas.
Y poco
a poco dejó de haber oportunidades para las generaciones jóvenes.
Sin
embargo, ha llegado una recomendación de la OCDE para respaldar a las
universidades privadas.
Eso
ha sido música celestial para tantos que desprecian a la universidad pública.
Cuidado,
pues inclinarse por la opción de las universidades privadas, asfixiaría a las
universidades públicas, sería dejar de invertir en lo que el Premio Nóbel Peter
Drucker calificó como la mayor riqueza de un país: en su gente.
Y
entonces sí, Joaquín, el tren del desarrollo económico que pasa se nos iría.
Y no lo volveríamos a ver hasta dentro de dos
generaciones.
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