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Hoy,
al recordar la batalla del Castillo de Chapultepec, Joaquín, arrancan los
festejos de este septiembre tan significativo para México y su historia.
Aquella
batalla en las faldas del castillo de Chapultepec dio origen a la saga de los
Niños Héroes, símbolo de la resistencia a la invasión norteamericana, una
guerra injusta, pero también una guerra que perdimos porque nunca se pudieron
poner de acuerdo las élites políticas y militares de la joven República
Mexicana.
Ahí
está la batalla del Convento de Churubusco, una derrota honrosa, claro, pero
también una batalla perdida porque los enemigos políticos del general Anaya se
negaron a enviarle el parque necesario para defender la plaza.
Apenas un episodio de cómo la mezquindad de
los intereses y las agendas personales de las élites políticas tuvieron como
culminación la pérdida de más de la mitad del territorio de la República.
Una
dolorosa lección.
Pero
también una lección que no hemos aprendido.
A
160 años de aquella tragedia nacional, seguimos peleando las batallas
ideológicas de hace más de medio siglo.
Con
el mismo desprecio de hace medio siglo, se pronuncia el calificativo de
conservador casi como un escupitajo. Y los conservadores se refieren en
términos igualmente duros a los liberales.
Alguien
dijo que los pueblos que no aprenden de su historia, corren el riesgo de
repetir sus errores.
Es
casi patético que los mexicanos a 160 años de distancia sigamos hablando de
reconciliación nacional.
Hace
siglo y medio esa incapacidad para reconciliarnos nos costó la mitad del
territorio.
¿Qué
nos costaría ahora?
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