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Los que saben del teatro griego quizá nos
digan que la situación política actual se mueve, como alguna de las obras de
Sófocles, entre la apariencia y la realidad.
El problema, al menos para mí, Joaquín, es
que no sé nada de teatro griego.
Lo único que sé es que el debate por las
reformas electoral y fiscal me tiene como aquel general Zaragoza del Peñón de
los Baños: hecho camote.
Antes del uno de septiembre todo era
consenso, nos decían. Apariencia.
La realidad se impuso después del uno de
septiembre.
Todo cambió después del uno de septiembre.
Estallaron las pasiones políticas y lo que
era discusión civilizada se convirtió en batalla campal.
Como dije en este tu espacio, aún pienso
que alguien no cumplió su palabra.
El debate es tan acalorado que a todos nos
aturde.
Los debates acalorados son normales, pero
no pueden ser eternos.
En algún momento todos agotados tendremos
que sentarnos a buscar las coincidencias.
La apariencia es que nadie quiere perder
nada, y todos quieren ganar.
A ese ambiente cada vez más envenenado se
incorpora el próximo martes el ex candidato presidencial del PRD Andrés Manuel
López Obrador.
Anuncia que exigirá a los diputados del
PRD y sus aliados rechazar la reforma fiscal y los convocará a tomar la tribuna
para impedir que se apruebe.
Como en el teatro griego, a la apariencia
de debate civilizado se le impondrá la realidad de la provocación, la violencia
y el rencor.
Y luego preguntan por qué uno se deprime.
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