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Es posible que el Presidente Calderón sea
quien esté más enojado por la supresión del mensaje de Ruth Zavaleta en la
cadena nacional del uno de septiembre. Le echaron a perder un fin de semana
prometedor.
El perredismo miente al culpar a las
televisoras. En las cadenas nacionales la señal es controlada por el gobierno
federal.
Falla técnica, dice Gobernación. Quizá;
pero también es posible que haya sido una falla política.
Se cometió un grave error. Llamémoslo, con
generosidad, una monumental tontería con repercusiones políticas.
Repercusiones agravadas por la forma
torpemente precipitada con que se repuso el mensaje de la señora Zavaleta a las
9 de la noche del mismo sábado.
A los partidos en el Congreso no les queda
sino reclamar el incidente; pero exageran.
Ya renunció el presunto responsable del
error, el director de Cepropie René Palavicini.
Pero la señora Zavaleta y los diputados no
están satisfechos, ni dispuestos a perder la oportunidad de un armar un buen
escándalo.
¿Qué más quieren? En la política, como en
las empresas privadas, cuando hay un error grave se castiga a los culpables, no
necesariamente a los responsables.
Así es la vida, que dicen los franceses. Y
la política, decimos nosotros.
La señora Zavaleta y los diputados quieren
más.
Entonces, ¿qué tal un cadalso en el Zócalo,
donde a todos aquellos que la señora Zavaleta y los diputados crean culpables
se les propinen 50 azotes?
Y si eso no basta, pues entonces, ¿Por qué
no unos ahorcamientos a la antigua?
Como dicen ahora, Joaquín, se pasan.
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