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No cabe duda, Joaquín, somos un país de
puertas abiertas al mundo.
Desde
que se firmó el tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá a los
funcionarios del gobierno, priístas y panistas les dio una fiebre por firmar
tratados de libre comercio.
Nos presumieron que somos el país con más
tratados comerciales.
Si,
Joaquín pero el único que sirve es el firmado con Estados Unidos y Canadá. Deja 66 mil millones de dólares cada año. Ese
dinero se lo llevan los otros tratados comerciales. O sea, que salvo el TLC,
los demás acuerdos sirven para lo que se le unta al queso.
Pero
los funcionarios mexicanos quieren más apertura.
Hace
unos días el columnista Darío Celis reveló de las negociaciones del Secretario
de Economía Eduardo Sojo con la industria farmacéutica mexicana para
desaparecer el requisito de que las empresas que vendan medicamentos en México
deben tener una planta en nuestro país.
O
sea, abrir las fronteras a los medicamentos extranjeros. Y, de paso, darle el
tiro de gracia a la industria farmacéutica establecida en México.
Actualmente, en las plantas en México las
empresas tienen sus controles de calidad.
¿Quién vigilará la calidad de los medicamentos
que se importen?
En
Estados Unidos, la Administración de Drogas y Alimentos cuenta con mil
cuatrocientos inspectores altamente capacitados. En México sólo hay siete.
El
proyecto del señor Sojo, Joaquín, amenaza la salud de los mexicanos, no se
podría comprobar la calidad de
medicamentos traídos, por ejemplo, de China o la India.
¿Qué
hacer como consumidores? Pues rezar, Joaquín, rezar.
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