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Es inevitable, Joaquín, comentar el
discurso pronunciado ayer por Andrés Manuel López Obrador ante más de 1,700
delegados del Congreso Nacional del PRD.
Hizo
López Obrador un llamado a la unidad, es cierto, pero también dejó sembrada la
semilla de la discordia al condenar a cualquier perredista sospechoso de un acercamiento con el
gobierno de Felipe Calderón.
López Obrador no cambió su discurso. No
dejó margen de maniobra a los perredistas que por sus cargos, sean legisladores
o funcionarios electos, deben dialogar y, sobre todo, negociar con el gobierno
federal.
Condenó a la izquierda moderna, a la cual
calificó como una derecha simulada.
Con esa sentencia inapelable condena al
PRD a marginarse del quehacer de gobierno.
Claro, no se fracturará el PRD. Por
instinto de sobrevivencia habrá unidad.
Pero arrincona a los moderados. Con su
condena, López Obrador los obliga a doblegarse, si no quieren ser satanizados.
El PRD está atrapado, otra vez, entre la
realidad política y la intransigencia vengativa.
No habrá fractura, porque muchos
perredistas están resignados a quedarse atrapados en el 2 de julio de 2006,
aunque con el riesgo de ser absorbidos por el Frente Amplio Progresista.
Por eso callaron cuando López Obrador
ignoró y desahució al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas con su frase de que en el
PRD no hay caudillos.
Con astuta agresividad el tabasqueño
reafirma su figura en el partido, a la vez que arrincona a sus adversarios y
secuestra al partido.
Los perredistas parecen haberse doblegado
ante el ultimátum de López Obrador:
O están conmigo, o están contra mí.
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