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Ayer, durante la ceremonia en que se firmó
el convenio mediante el cual el gobierno de la ciudad de México otorga becas
para estudiantes del nivel medio superior, el rector de la UNAM Juan Ramón de
la Fuente hizo un comentario que, desafortunadamente, pasó inadvertido.
Comentó
que la educación no es el instrumento de capilaridad social que requiere la
Nación.
Es
algo que se ha perdido, poco a poco, en la fiebre modernizadora del país.
En
los años recientes se ve a la educación únicamente como soporte para el
desarrollo y la prosperidad económicos.
Se
nos ha olvidado que ha sido a través del acceso abierto a la educación que
México ha vivido sus mejores épocas.
La
educación pública permitió a varias generaciones de mexicanos ascender en las
escalas económicas y sociales.
A
través de la educación pública México consiguió un paulatino, ordenado y eficaz
relevo de generaciones, que permitió absorber social y políticamente el reto
que para toda sociedad representa la natural inquietud de cambio de cada nueva
generación.
Quiero pensar que a esa capilaridad se
refería el rector de la Fuente, porque la capilaridad social es la suma de oportunidades
que una sociedad ofrece a todos sus ciudadanos, las oportunidades que pueden o
no ser aprovechadas, pero eso depende de la voluntad y capacidad de cada
persona.
La
declaración del rector de la Fuente, desde el privilegiado mirador de la UNAM,
es una llamada de alerta.
Una
alerta que debe atenderse, antes que como se dijo alguna vez: venga el remolino
y nos alevante.
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