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Hace un año, Joaquín, en este tu espacio,
uno de los temas vigentes, además del conflicto postelectoral, era el conflicto
en la ciudad de Oaxaca.
Ya había fracasado la policía oaxaqueña en
desalojar a los profesores de la sección 22 y a los militantes de la APPO que
se habían apoderado del centro histórico de la ciudad.
El movimiento se convirtió en una
insurrección.
La bandera de viejas demandas fue el
pretexto para dirimir las pugnas de los grupos políticos que se disputan el
control de Oaxaca.
Fue secuestrada la ciudad de Oaxaca, en
medio de una facciosa e irresponsable indiferencia del gobierno de la
República, encabezado hace un año por Vicente Fox.
Además del deseo de derrocar a un
gobernador impresentable como Ulises Ruiz, en algunos se revivió el espíritu y
lenguaje sesentero.
Por eso duró tantos meses el movimiento,
por eso cuenta con mal disimulado apoyo en la opinión publicada.
Y por eso renace ahora. Mantiene el apoyo
y además ya vienen las elecciones de alcaldes y diputados locales.
Otra vez la insurrección. Una insurrección
kafkiana, porque somos nosotros, los que pagamos impuestos, quienes la
financiamos.
Porque
cada uno de estos profesores, ameritados luchadores sociales, estén en huelga,
estén en plantón, o anden arrojando piedras o cohetones contra la policía,
cumplidamente cada quincena cobran su sueldo, y cobran sus prestaciones y
aguinaldo.
Los miles de trabajadores y artesanos que
viven del turismo que visita Oaxaca no tienen esa posibilidad. Ellos, el
verdadero pueblo, languidecen en la zona de desastre que ya es Oaxaca.
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