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Debo confesar que no conozco bien a bien
los puntos de la petición planteada por algunos obispos y por abogados
católicos.
Pero hasta yo sé que el derecho canónico
no permite hacer propaganda partidista y menos proselitismo desde el púlpito.
Lo que sí pueden hacer es pedirle a los
católicos, ojo, a los católicos, que no patrocinen a partidos que sustentan
doctrinas contrarias al catolicismo. Eso, pienso, no es un ejercicio de
política, sólo de simple congruencia.
Pedir medios de comunicación es un error,
porque enfrentarían la irresistible avalancha millonaria de las riquísimas
iglesias evangélicas norteamericanas.
En materia educativa, creo en los valores
religiosos, pero pienso que la educación pública debe ser laica.
Y, por favor, eso de las misas en latín.
Nunca han dejado de oficiarse, sólo que antes se requería una autorización
especial, ahora basta que haya una comunidad de fieles que la prefiera.
Me asombra, sin embargo, la ferocidad de
la reacción ante la propuesta de los abogados católicos. Me entristecen los
argumentos más que intensos, insultantes para juzgar a mi Iglesia.
Y recordé estas palabras de un moribundo
en Calcuta: “… No he visto a Dios ni necesito verlo, porque para mí esta
anciana es el Dios viviente”
Así habló de la Madre Teresa, apenas un
ejemplo.
En mi Iglesia hoy suman cientos de miles
los sacerdotes y monjas que sin tanta fama, también dedican sus vidas a aliviar
la soledad y el desamparo, los grandes males de nuestro tiempo.
La Iglesia, Joaquín, somos todos los
creyentes Y es tan universal, que hasta los pecadores estándar como yo cabemos
en ella.
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