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Han organizado los perredistas y Andrés
Manuel López Obrador una conmemoración de la elección presidencial, la cual
sostienen fue un fraude, aunque no hay pruebas contundentes de que así haya
sido.
Doce meses ha repetido ese discurso. Y
será, sin duda, el tema del próximo domingo en el Zócalo.
Quizá la ocasión sea propicia para una
reflexión personal del licenciado López Obrador.
Es cierto que su conducta, aunque
criticada, encauzó el descontento provocado por la derrota del 2 de julio de
2006.
Pero también es cierto que ese descontento
fue calculadamente cultivado por López Obrador y sus fieles seguidores desde la
noche de la elección. Contribuyó, y mucho, a la crispación poselectoral.
Pero doce meses deben ser suficientes para
cualquier catarsis.
Ahora debe decidir si su meta será seguir
intentando debilitar al gobierno de Felipe Calderón, aunque con ello impida al
PRD cogobernar desde la oposición.
Habría que empezar por aflojar el férreo
control que mantiene sobre sus legisladores en el Congreso, control tan férreo
que con frecuencia los obliga a actuar contra el más elemental sentido común.
Se equivoca al pensar que su movimiento
nacional puede consolidarse como partido antes de las elecciones legislativas
de 2009. Su intransigencia puede costarle a la izquierda democrática que aún se
agrupa en torno al PRD un retroceso y la pérdida de otra oportunidad.
El PRD y López Obrador no pueden quedarse
en la intransigencia, porque entonces, como escribió Ciro Gómez Leyva, estarían
echando a la basura los votos de 15 millones de mexicanos que les creyeron
izquierda democrática.
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