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Vaya sacudida que le ha dado a la
Secretaría de Seguridad Pública federal su titular Genaro García Luna.
Se
ha destituido a 284 personas de los mandos de la dependencia, entre ellos a 34
altos mandos.
El
anuncio de que ya están listos los 284 funcionarios que los relevarán significa
que desde hace tiempo se había tomado la decisión de separarlos.
La
drástica depuración de los mandos de la seguridad pública federal parece ser el
principio de un fortalecimiento de las corporaciones policíacas. Si se eso se
trata, pues qué bueno, Joaquín, porque las corporaciones policíacas federales
tendrán que coordinar a las policías estatales y municipales para combatir
mejor a la delincuencia organizada.
Pero
hay que dar explicaciones, pues no basta con la aclaración de que la separación
no significa necesariamente que todos los 284 destituidos estén involucrados en
actividades ilegales.
Es
posible, a juzgar por lo fulminante de la decisión, que de muchos de los
destituidos se tuvieran sospechas, pero no pruebas. Tal parece que no quisieron
perder el tiempo en buscar las pruebas y cortaron por lo sano. Sí así fue, pues
qué bueno que al gobierno federal no le haya temblado la mano para actuar.
Pero
se queda la impresión de que los ceses significan el reconocimiento de que la
seguridad pública federal también estaba infiltrada por la delincuencia
organizada.
Eso,
claro, no nos lo van a decir.
Por
lo pronto, si entre los 284 destituidos hay quienes sean honestos servidores
públicos, pues como decía aquel clásico: ¡Lástima, Margarito!
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