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Hace poco nos contaba Roy Campos de un
presidente municipal que presumía que, al final del año, había tenido un
superávit, o sea que le sobraba dinero.
Y
preguntaba Roy cuántas obras públicas habría dejado de hacer ese presidente
municipal.
El
tema vale, Joaquín, porque hay cada día más evidencias de que el gobierno de
Felipe Calderón no está gastando el presupuesto aprobado por el Congreso, al
menos no al ritmo que se supone, pues si estamos a mitad del año, deberían
haberse gastado la mitad del presupuesto de las dependencias.
No ha sido así.
Hay muchas razones para ello. Una de ellas es
que cualquier obra pública de cierta importancia tiene que ser licitada, y la
licitación tiene que cumplir con requisitos cada vez más complejos.
Los
requisitos se han inventado para evitar que haya malos manejos.
Pero
el resultado es que ningún funcionario del gobierno federal tiene prisa por iniciar
obras o poner en marcha programas, sin antes cumplir con esos requisitos, pues
nadie quiere que luego le finquen responsabilidades y hasta correr el riesgo de
que lo metan a la cárcel.
Por
eso en las arcas del gobierno federal hay tanto dinero sin utilizar, por la
natural cautela de todos los funcionarios.
Lo
positivo es que nadie podrá hacer malos manejos.
Lo
negativo es que al no ejercerse el presupuesto adecuadamente, no se hace obra
pública. Y la obra pública, Joaquín, es un detonador del empleo.
Por
eso, de alguna manera, la economía mexicana no se sacude la parálisis.
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