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La
imagen de los legisladores, senadores y diputados, no es de las mejores. Las
encuestas de Roy Campos así lo muestran. La gente piensa mal de quienes nos representan
en el Congreso de la Unión.
Pero el Congreso tiene el rol fundamental del
equilibrio democrático entre los poderes federales.
El
Poder Legislativo, en sus dos cámaras, deben discutir y aprobar las leyes,
revisar los detalles y corregir, cambiar, antes de votar en las sesiones del
pleno.
El
proceso es, a veces, desesperante, por el tiempo que se lleva la discusión.
El
panismo ya se desesperó. Ayer el senador Santiago Creel propuso que haya
iniciativas presidenciales que reciban un trato preferente. Eso significaría
que el Congreso tendría un máximo de 40 días para aceptar o rechazar una
iniciativa presidencial. En paquete, sin revisiones detalladas.
Si
una iniciativa es urgente, vital, el Ejecutivo debe convencer al Congreso de
que lo es, pero antes de enviarla al Congreso.
La
propuesta de Creel es una mala copia del fast track del Congreso de Estados
Unidos.
Cada
ley aprobada es el resultado del diálogo y negociaciones políticas, no es un
proceso aséptico, no es un ejercicio académico, es la confrontación de fuerzas
reales, políticas, económicas y sociales, representadas en el Congreso.
No
es un proceso agradable. Bismarck comparó el proceso legislativo con la
fabricación de salchichas, a quien le gusten, nunca vaya a ver como las hacen.
Si
sabe Dios como resultan las leyes bien pensadas, sería un desastre, aprobarlas
a las carreras.
Y sería muy peligroso, Joaquín, muy peligroso.
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