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En el Congreso de Estados Unidos ha
empezado a discutirse una reforma migratoria que podría legalizar a casi siete
millones de mexicanos indocumentados.
Ya
se escuchan voces que reclaman a la Secretaria de Relaciones Exteriores que no
opine sobre el tema.
Para empezar, Joaquín, el asunto es una
discusión de los norteamericanos.
Relaciones hace bien en no dejarse
involucrar en las emocionales disputas de los políticos de Washington, porque
allá ya empezó la lucha por la Casa Blanca.
Es mejor dejar que en el Congreso de
Estados Unidos operen los grandes intereses económicos y empresariales que
desean una reforma migratoria.
Esta semana, algunos de esos intereses,
los de los agricultores de Estados Unidos, se dejaron escuchar en Washington y
en los medios.
Están desesperados porque, gracias a la
frontera reforzada, pasan menos mexicanos y ellos no consiguen la mano de obra
que necesitan. A tal grado que hay competencia entre los Estados agrícolas para
atraer indocumentados.
La situación es de urgencia, por eso en
Washington de pronto deciden buscar una reforma migratoria. No por generosidad,
es por interés.
La
situación es tan seria para los agricultores estadounidenses, Joaquín, que en
Texas uno de sus representantes explicó a Washington el dilema:
Le dijo a los legisladores
estadounidenses: “Es un hecho que nuestros alimentos tienen que cosecharlos la
mano de obra extranjera, de ustedes depende que esa mano extranjera los coseche
en Estados Unidos o que tengamos que importar todos nuestros alimentos”.
Curioso discurso, Joaquín, casi me sonó
a discurso populista de país tercermundista.
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