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Quizá
que los legisladores de la Comisión Permanente y los críticos de la
intervención del Ejército en el combate al crimen organizado tengan razón al
aferrarse a la idea de que esa tarea es para las policías civiles, municipales,
estatales y federales.
El problema, Joaquín, es que, por hasta
ahora la preparación de las policías ha sido sólo un discurso de gobierno.
Se les ha dejado a la buena de Dios y para
no crearse problemas la mayoría de los presidentes municipales y de los
gobernadores no hacen nada para depurar los cuerpos policíacos.
Como idea es buena que sean las policías
civiles quienes combatan al narco, pero si resulta que por ahora las policías
civiles no están a la altura del desafío del crimen organizado, ¿qué hacemos en
tanto las fortalecemos?
Pues llamar al Ejército a patrullar las
calles, carreteras y caminos de la República.
Pero los legisladores de la Comisión permanente
se refugiaron en discursos miedosos para justificar el punto de acuerdo que
pide que salga el Ejército de las calles.
Dicen que el Ejército debe actuar sólo
cuando esté en riesgo la soberanía nacional. ¿No la ponen en riesgo los narcos
que controlan tantas poblaciones de la República?
Y el peor argumento: “es que los
operativos militares han provocado un recrudecimiento de la violencia”, decían
en la tribuna.
Con esa mentalidad de los legisladores, pues
paremos la lucha contra el crimen organizado, así no se enojarán los capos de
las mafias criminales.
Y recemos para que así se queden contentos.
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